sábado, 23 de abril de 2011

RITA LEVI-MONTALCINI

Ayer, 22 de abril de 2011, cumplió 102 años. Hemos rescatado algunos datos de su biografía y algunas respuestas de una entrevista que le hicieron cuando cumplió cien años.

Nació en Turín en 1909 en el seno de una familia de origen sefardí. En 1930 inició sus estudios de Medicina en la Universidad de Turín y, en 1936 consiguió un puesto de ayudante de su maestro, Giuseppe Levi. Sin embargo, su brillante carrera se vio interrumpida en 1938 por las leyes racistas contra los judíos que acababa de promulgar Mussolini.

En medio de las condiciones más adversas –durante la segunda guerra mundial- montó, en su propia casa, un laboratorio en el que comenzó a estudiar el crecimiento de las fibras nerviosas de embriones de pollo.

Al acabar la guerra en 1946, Rita fue invitada a pasar seis meses en la Universidad Washington, de Saint Louis y allí permaneció treinta años, desarrollando la parte central de su trabajo, aislando por primera vez el Factor de Crecimiento Nervioso y abriendo así un nuevo campo en la investigación biológica, que le valió el Premio Nobel de Medicina en 1986.

A partir de 1962 comenzó a distribuir su tiempo entre Saint Louis y Roma donde montó un equipo de investigación. Finalmente, se estableció en Italia e impulsó, con todas sus fuerzas, la ciencia en su país.

Por las mañanas visita el European Brain Research Institute –que ella creó en Roma- y supervisa los experimentos de un grupo de científicas jóvenes, todas mujeres, que siguen aprendiendo cosas sobre la molécula proteica que ella descubrió en 1951 y que juega un papel esencial en la multiplicación de las células del cerebro, su gran especialidad. Refiriéndose a este aspecto, Rita dijo: “eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental”.

Sigue teniendo una vida plena, come una sola vez al día y duerme tres horas. Su actitud científica y vital sigue siendo de izquierdas. Pura cuestión de raciocinio, explicó durante una entrevista, “porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. Es la parte instintiva, la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. Lo tenemos poco desarrollado y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente”.

Hace dos años, un periodista le preguntó:

-¿Cómo es la vida a los cien años?

-Estupenda. Sólo oigo con audífono y veo poco, pero el cerebro sigue funcionando mejor que nunca. Acumulas experiencias y aprendes a descartar lo que no sirve”.

-¿Se arrepiente de no haber tenido hijos?

-No. Era adolescente cuando decidí que nunca me casaría.

-Su tesis demostró –dijo el periodista- que, de los dos hemisferios del cerebro, uno está menos desarrollado que el otro.

-Sí, el cerebro límbico, el hemisferio derecho, no ha tenido un desarrollo somático ni funcional y, desgraciadamente, todavía hoy predomina sobre el otro. Todo lo que pasa en las grandes tragedias se debe al hecho de que ese cerebro arcaico domina al de la verdadera razón. En todas las grandes tragedias se camufla la inteligencia y el razonamiento con ese instinto de bajo nivel. Los regímenes totalitarios de Mussolini, Hitler y Stalin convencieron a las poblaciones con ese raciocinio, que es puro instinto y surge de la vida de los vertebrados pero que no tiene que ver con el razonamiento.

¿Hará fiesta de cumpleaños?

-No hay culpa ni mérito en cumplir 100 años. Puedo decir que la vista y el oído han caído, pero el cerebro, no. Tengo una capacidad mental quizá superior a la de los 20 años. No ha decaído la capacidad de pensar ni de vivir…”

No ha sido posible relatar todas las cuestiones importantes de una vida tan larga e intensa como la suya pero, si alguien tiene interés, hace dos años escribió un libro de memorias bajo el título “La clepsidra de una vida” y por supuesto está su fundación romana desde donde impulsa programas de educación para las mujeres africanas y que ha posibilitado el acceso a la cultura a miles de personas. Fue la primera mujer admitida en la Academia Pontificia y tuvo una buena relación con Pablo VI y con Wojtyla y también con Ratzinger.

Alcalá de Henares, 23 de abril de 2011
Recogida de datos e información realizada por Franziska

















viernes, 8 de abril de 2011

Está sucediendo ahora, en esta aldea global.

VRINDAVAN, LA CIUDAD DE LAS VIUDAS


El “sati” o la antigua tradición hinduista en la que la viuda se suicidaba saltando a la pira funeraria de su difunto marido, comenzó a erradicarse durante la colonización inglesa y hoy está prohibido en las leyes de la India independiente.



Sin embargo, la sombra de tal tradición persiste. Cuando las mujeres quedan viudas, las familias las expulsan de casa porque no quieren hacerse cargo de ellas. A los parientes políticos no les conviene que la viuda reclame la parte de sus derechos de propiedad, como la casa y la tierra que pertenecían al esposo. Algunas veces crean el rumor de que es un peligro para la sociedad, como que es una bruja o una mujer fácil, para que así se vea obligada a abandonar su casa. La gente de las aldeas es simple y supersticiosa. No quieren a una bruja en su entorno, así que la excluyen.



Las viudas en la India tienen derecho a heredar según las leyes, pero en muchos casos, son sus propios hijos y la familia política los que abusando, mediante acoso y tortura, se quedan con las propiedades. El Gobierno concede una pensión de viudedad de 400 rupias al mes (unos 6,30 euros) pero, además de ser una cantidad ínfima, tampoco llega a todas. En Vrandivan, la ciudad santa donde creció Krishna, por ejemplo, sólo una cuarta parte de las viudas la recibe. La burocracia hace muy difícil para las mujeres, analfabetas en su mayoría, exigir la pensión. Muchas no saben ni siquiera que tal opción existe.



Una mujer que ha perdido a su marido debe permanecer en duelo el resto de su vida, según las tradiciones hinduistas más conservadoras. Debe olvidarse de sus coloridos saris, no llevar ningún ornamento y cortarse todo el cabello. También su comida debe ser insípida, sin condimentos o carnes que puedan despertar su libido. Una viuda no es bienvenida en las fiestas porque se juzga su presencia de mal agüero. La gente rehúye su presencia porque las considera tan peligrosas que hasta su sombra podría traer desgracias. Se las culpa de la muerte de sus esposos.



Así es que, arrastradas por la pobreza o repudiadas por su familia, miles de mujeres llegan a Vrindavan: un territorio que parece olvidado por el tiempo, y es, en cambio, un lugar al que van a parar las mujeres a las que nadie quiere ya. Según el hinduismo, el dios Krishna pasó allí su infancia; por eso, para muchas ramas de esta religión, entre ellas los Hare Krishna, éste es un sitio sagrado. Cientos de templos, de todos los tamaños y formas, se extienden por sus calles medievales.



Se tiene la creencia de que quienes mueren en Vrindavan se liberan del eterno ciclo de la reencarnación, por lo que es un centro de peregrinación para creyentes y santones. Las viudas también se encomiendan al dios de piel azul, al que consideran su “esposo espiritual”, así es que sobreviven mendigando en esta ciudad por un poco de comida mientras esperan su muerte. Algunas son viejecitas a las que el tiempo ha menguado los huesos, les ha llenado los ojos con cataratas o les ha quitado los dientes. También hay jóvenes, algunas incluso menores de edad. Todas comparten la misma desgracia: ser viudas en la India. El inmenso territorio de India también tiene algunas excepciones.


En algunas ciudades pueden trabajar pero siguen siendo la gota en el océano. Cuarenta y cuatro millones de viudas es una cifra que impresiona.
Esta historia me ha hecho recordar a las palomas –pero aquí no hay diferencias entre machos y hembras como pasa entre hombres y mujeres- y se aparean de por vida. Las aves viudas tardan mucho tiempo en aceptar una nueva pareja y algunas se dejan morir ante el dolor de la perdida.


Noticia vista en “Il corriere Della sera”
Las imágenes de las palomas han sido realizadas por Franziska
Alcalá de Henares, 8 de abril de 2011