lunes, 26 de agosto de 2013

PULSION





Puede parecer una tontería pero, realmente, era un asunto muy serio: se había convertido en una pulsión.  Cuanta más comida compraba, menos consumía y más alimentos se podrían, pues era difícil acceder a todos los rincones del frigorífico.  No tenía sentido, además, mi economía no daba para grandes dispendios.  A una situación tan alarmante había llegado que mi presupuesto mensual para la compra de libros se vio devorado por el abastecimiento de víveres y, fue en este momento crítico cuando tomé la dirección del especialista, en un anuncio publicitario.

El primer día dedicamos la sesión a mi exposición del problema y me pidió, además, que le contara mi infancia y que no olvidara ninguna circunstancia, incluso me advirtió que si recordaba más detalles, después de salir de la consulta, que las anotara para no dejar de comentárselo en la próxima terapia. Bien, quiero ahorrar la prolija exposición de las sesiones y de las insinuaciones que me hacía la experta.  Nunca creí que fuera tan complicado.  La verdad es que, entre la nevera -que yo seguía rellenando con un sufrimiento próximo al paroxismo- y las minutas de la sicólogo,  mis fondos ni siquiera llegaban para comprar calzado o  algo de ropa que empezaban a lucir un deterioro preocupante.

¿De qué me servía saber que todo mi problema se había gestado en los años de mi infancia, en tiempos de extrema escasez?  Pero ¿qué tenía que ver mi vida actual con tiempos tan pretéritos?  Así, las cosas se fueron complicando más cada vez.   Comencé a acaparar en el aparador, en la despensa y hasta en los armarios de la ropa guardaba las cajas de las galletas y las latas de conservas que alcanzaban su fecha de caducidad sin haber sido usadas.  La terapia no me daba ningún resultado y aunque me advirtieron que debía tener paciencia, mi sicoterapeuta acabó por decirme que, quizás, fuera conveniente que el siquiatra me recetara algún tranquilizante y que debía visitarle.

--Entonces ¿es que estoy loca?

-- Bueno, no es eso pero, a veces, hay que buscar una ayuda.

¡Vamos, pues sólo me faltaba eso!  No sólo se llevaba una buena parte de lo que yo ganaba trabajando sino que, además, incapaz de ayudarme me desviaba a un siquiatra.  Pues hasta ahí podíamos llegar... ¡Qué no, ni hablar! Dispuesta a tomar cartas en el asunto, subí a mi despacho, preparé un plano señalando en rojo las zonas de peligro, es decir, los lugares donde se vendía comida.  Dibujé un croquis señalizando en qué puntos debía cambiar de acera y cuántos eran los metros de distancia que no debía rebasar bajo ningún concepto. Puse en práctica mi plan con una confianza ciega en que tendría éxito y al fin lograría salir de la penuria en la que me veía sumergida.

Ante esta perspectiva me sentí tan bien como casi no recordaba haberme encontrado en todos los días de mi vida.  Salía de casa mirando al frente, por la acera de la derecha y tenía que caminar unos diez metros aproximadamente, antes de realizar el primer cruce. Como me pareció que llevar la cinta métrica y medir distancias podría resultar chocante, decidí contar pasos, así es que con el croquis en la mano y contando mis zancadas -como una posesa- iba mirando al suelo y, de pronto, me trasladaba bruscamente a la acera de enfrente. De este modo dejé a más de una persona conocida, boquiabierta, porque cuando iba a saludarme me veía cruzar sin reparar en ella.  Mis compañeros, el portero del edificio, los camareros  de las cafeterías y dueños de tiendas próximas que me conocían como una persona muy sociable, no salían de su asombro.

La verdad es que el recorrido hasta mi casa era una carrera de obstáculos pues tenía que cambiarme de acera veinticinco veces y dar mil vueltas caminando por calles que antes jamás había pisado pero cuando llegué al portal me sentí  a salvo. Por fin, había pasado mi primer día sin comprar comida. Mis compañeros empezaron a extrañarse de no verme con paquetes y yo tuve que decirles que, al fin, había puesto en práctica una terapia que iba a ser eficaz. 

Un día, con el rostro desencajado, caminaba contando mis pasos pero no sé cómo fue, debí equivocarme y me encontré de pronto en la tienda de Antonio, el salchichero.  Se sorprendió al verme pero se puso muy contento: -¡Caramba, señorita!… ¿Le ha pasado algo? Llevo unos días sin verla. Dando un alarido dije: ¡No me ha pasado nada es que no quiero comer más salchichón, ni salchichas, ni jamón, ni queso, ni pepinillos en vinagre! ¿Te has enterado?  Cuando me veas, ni me saludes y si vuelvo a pisar tu tienda, te agradeceré que me eches a la calle y si no lo hago y quiero comprar, llamas a la policía y dices que tienes aquí a una loca de atar.  Y dicho esto y sin esperar respuesta salí dando un sonoro portazo y dejando al pobre salchichero confuso y llevándose las manos a la cabeza.

Cuando puse mis pies nuevamente en la calle, empecé a llorar desconsoladamente.  Estaba loca.  No tenía la menor duda.  Ante mis sollozos, los viandantes se alejaron de mí todo lo que pudieron y yo lo prefería porque no quería que nadie me preguntara qué me pasaba. Se me acercó un  agente de la policía municipal muy amable que me escuchó con atención y aunque de mis explicaciones en las que se mezclaban con mis sollozos, las galletas, los quesos caducados, con mis zancadas,   el croquis, la sicóloga, mis libros y  zapatos, mi jefe y compañeros y ¡hasta el gato de mi vecina!, no había manera de entender nada, me manifestó que se hacía cargo de todo, me rogó que me tranquilizara e incluso me dijo que, si yo quería, me podía acompañar a urgencias para que me viera algún médico a ver si me podía ayudar.

El policía era un muchacho atractivo y muy persuasivo y casi estaba a punto de decirle que sí y a darle las gracias por su sugerencia cuando sentí dentro de mí como una pantera rugiente y me abalancé sobre el primer mozalbete que pasó por nuestro lado comiéndose una rosca rellena  de crema y se la arrebaté diciendo:

¡¡¡¡-Trae acá, no tienes derecho a comer de ese modo mientras yo me muero de hambre!!!!

Excuso decir la que allí se armó.  Acabé  en el psiquiátrico, atada con una camisa de fuerza, y de este modo –a pesar de mi lucha por evitarlo- caí  en manos de un siquiatra al que no parecía afectarle que si no acudía a mi trabajo al día siguiente, me quedaría en el paro. 

Allí me tuvieron quince días y al despedirme me sorprendí a mi misma dándole las gracias al doctor Lendreras del Rosal.  ¡Llevaba todo ese tiempo sin comprar!  Al fin, lo comprendí: mi solución estaba allí y en aquel lugar debía permanecer hasta que me olvidara que existen sitios donde se vende comida.

Salí por la puerta sonriendo y feliz.  Ahora sólo me restaba idear un plan para que me volvieran a ingresar.  Está visto que hasta las cosas más difíciles se pueden arreglar.

Alcalá de Henares,26 de Agosto de 2013
Texto realizado por Franziska

  

domingo, 4 de agosto de 2013

Relatos en primera persona -serie-






Aquello me cogió por sorpresa.  Esa tarde estaba yo cerca del yacimiento arqueológico recién descubierto:  en la arboleda de los fresnos y había numerosos cantuesos florecidos que se desparramaban por la colina. Su penetrante aroma y la viveza de su florecillas rojas, imprimían en mi ánimo una imprecisa pero muy placentera sensación de libertad y hacía que disfrutase de algo muy puro que parecía emerger desde lo más profundo de la tierra.  La sinceridad que me caracteriza, me lleva a reconocer que soy una criatura mediocre que se intimida, con gran facilidad, ante hechos muy normales. Aprovecho mi tiempo de soledad para pensar en cosas inútiles y es por eso, que me parecía estar sintiendo el espíritu de los antiguos pobladores de estas tierras sin mácula: cuando aún los hombres vivían en armonía con la naturaleza. 

 A lo lejos, una figura humana se movía avanzando por el   sendero que conduce a la fresneda.  Algo en aquella persona me resultaba tremendamente familiar pero ni, por lo más remoto, se me ocurrió pensar que era Ramón, el Tato,  quien se estaba acercando. Curiosa, lo seguí con la vista. Era un lugar muy solitario porque en aquella zona no se practicaba el cultivo  de huertas ni tampoco se trabajaba todavía en el yacimiento.  Me sentí desprotegida y fue esa idea la que me hizo ocultarme en la arboleda y alejarme del sendero. Tratando de impedir cualquier movimiento que delatara mi presencia,  me senté en el suelo.  Absorta en el canto de pájaros por mi desconocidos, no me dí cuenta de cuánto tiempo había transcurrido. De pronto, apareció ante mí el rostro atezado de Ramón que dijo:

-¡Cómo te escondes!  Y con voz melosa   continuó diciendo que me sentaba muy bien la vida en el pueblo y que estaba preciosa.  Pero en aquellas palabras se percibía un tono insolente  aunque pretendía parecer benévolo.   No es que yo quiera tergiversar las cosas como luego él sostuvo ante quien quiso escucharle.  Al fín y al cabo, yo sólo era una forastera y nadie sabía cómo era mi vida en la gran ciudad… Ramón, sin embargo, tenía fama de hombre serio: buen marido y padre de familia ejemplar.

Sentía miedo.  Algo me avisaba del peligro en el que estaba.  Al alcance de mi mano hallé una piedra que recogí sin dudarlo.  Me levanté  sin decir ni una sola palabra porque mi garganta soportaba una tensión tal que no podía hablar. Sólo pensaba en poner tierra por medio y comencé a correr: aún era joven y ágil.  También él, en silencio, comenzó a perseguirme.  Justo cuando llegué al camino, me alcanzó y para entonces ya se había deteriorado completamente   su aparente conducta melosa, de su boca salían las más atroces palabras.  Yo aún sostenía la piedra en mi mano derecha.  Con una furia tremenda se abalanzó sobre mí y yo me defendí con la piedra.  Mi golpe debió ser brutal ya que ví como la sangre chorreaba de su cabeza y me soltaba dando alaridos…Corrí, corrí y corrí como nunca lo había hecho: como nunca volveré a hacerlo.  La guardia civil tuvo que subir a recogerlo.  A mí, no sé si todos me creyeron.


Cuento para el taller de las letras mágicas, leídodo el  11 de mayo de 2012
Carmen López Huerta moderó el taller. Se tuvieron que utilizar en la composición del relato las quince palabras resaltadas. Mi resultado, el que podéis leer.

Alcalá de Henares, 4 de agosto de 2013
Texto y fotografía realizados por Franziska