martes, 21 de febrero de 2017

El móvil





A Álvaro Fernández de Lirio le ha sorprendido una furiosa tormenta mientras estaba en el jardín.  Era de noche.    A juzgar por la temperatura que marcaba el barómetro, eran sólo tres grados pero la sensación de frío era mayor porque soplaba un viento gélido.  Sin embargo él no acusaba ningún malestar.  Se sentía flotar. 
 
Le parecía extraño ver a su mujer vestida de negro y sin maquillar.  Tiene un rostro muy serio, y mirándola con atención, parece como, si en algún momento, hubiera llorado  Me sorprende.  Habría jurado que mi marcha le había producido como… un cierto alivio. Ayer no hablaba con nadie, pero su semblante reflejaba una profunda paz.  ¿A qué vendrán ahora estas lágrimas? 
¡Caramba! ¡Bonita caja!  Fuerte: de buena madera, barnizada y forrada por dentro; por añadidura, lacada  en negro. Ha debido de costar  un dineral este empingorotado entierro.  ¡Seis candelabros, ocho coronas con claveles blancos y un montón de floripondios y cintas!   ¡Qué despilfarro, querida, pensar que te gastas, tan fresca, el dinero que tanto trabajo me ha costado ahorrar!  Me irrita toda esta parafernalia montada para quedar bien con tus conocidos y supongo que, aún, con mi familia.

Ahora va a sonar mi móvil.  Efectivamente, se oye su insistente llamada dentro de mi ataúd.  Todos se miran desconcertados.  Parecen asustados.  Laura reacciona, recuerda las instrucciones de que debía permanecer a mi lado, encendido. Esta obsesión me ha acompañado toda la vida.  Así es que tomé buen cuidado de que se cumpliera mi última voluntad.
 ¡Cuántas veces he soñado que me enterraban pero que, realmente, no estaba muerto!  Me veía, en la aterradora oscuridad de mi féretro, aullando de dolor y de miedo ante la perspectiva de una muerte, por fin, cierta y mucho más espantosa y cruel que cualquiera de las circunstancias por las que había pasado.

Laura que se mostraba comprensiva al principio de nuestro matrimonio, terminó por  imponerme unas sesiones con cierto sicólogo del que yo siempre me sentí celoso a causa de la manera en que ella aceptaba todas sus estúpidas opiniones.  Tres años de terapia: una ruina económica  y lo único que conseguí fue atesorar rarezas  Al cabo de tres años, había logrado convertirme en un perfecto maniático.  Mi vida se llenó de rituales.  Por ejemplo:  no podía derramar el champú en el cuarto de baño, -ni siquiera una gota- porque aquello me aseguraba que aquel día resbalaría al entrar en el despacho del director general, y sin lograr enderezarme, iría a estrellarme contra la secretaria que siempre permanecía de pie, en espera de las últimas instrucciones.  Cuando se repitió este accidente por tercera vez,  la secretaria corrió despavorida a esconderse debajo de la mesa del director.  Al no estar la secretaria como barrera que lo impidiera, fui lanzado, como una catapulta, contra la librería y esta vez acabé con un brazo en cabestrillo y un montón de chichones pues el golpe fue tan violento que  me cayeron, de canto,  encima de la cabeza varios tomos de la enciclopedia  ilustrada “El mundo de los animales”.

Las consecuencias no se hicieron esperar. El director tomó  la decisión de enmoquetar su despacho y de nombrarme director general de archivos y biblioteca de la empresa. El trabajo no podía ser más rutinario y modesto porque, además, era el jefe de mi mismo.  Al tiempo que mis precauciones florecían por doquier, mi vida iba convirtiéndose en un sobresalto continuo y mi querido psicólogo, ante la evidencia de su fracaso,  terminó por aconsejarme la visita a un siquiatra que pudiera ayudarme a superar las continuas angustias en las que me hallaba sumido. A partir de ahí, mi vida fue un infierno pues el colmo de mis males llegó con esta última iniciativa.  Bajo los efectos del Trankimazin que debería servir para tranquilizar como su nombre quiere indicar, y del Orfidal para dormir, me pasaba todo el día somnoliento.  Tuve que dejar de conducir y me quedaba dormido en cualquier parte menos en la cama.  Como en tales circunstancias era muy difícil que funcionara el archivo, pues yo mezclaba los documentos correspondientes a varios clientes y los guardaba en otro sitio que no tenía nada que ver con ninguno de los expedientes, es decir, los hacía ilocalizables, entró a trabajar, a mis órdenes, Celia una pontevedresa muy simpática y persuasiva que, puesta al tanto de mis problemas, tomó la sabia decisión de decirme que ella tenía la solución idónea.  Dijo, con una amable sonrisa y mirándome abierta y sinceramente a los ojos:

--Se ha inventado el móvil para algo.
¡Dios se había apiadado, finalmente, de mis terrores!  Desembarazado,  al fin, del psicólogo y del siquiatra pude volver a centrarme en el trabajo y a conseguir unos buenos ahorros.  Celia: trabajadora eficaz y alegre, fue enseguida propuesta -y aceptado de buen grado por la dirección-, para un reconocimiento en su categoría laboral, pasó de auxiliar a oficial de 1ª,  con el correspondiente aumento de sueldo.  Por cierto, no la he visto en el tanatorio…










Alcalá de Henares, 21 de febrero de 2017
Texto y fotografías realizados por Franziska para
LA TORTUGA DE DOS CABEZAS

Este cuento fue escrito en el mes de noviembre  del 2006, bajo el seudónimo de Raitán.    

viernes, 3 de febrero de 2017

Los puntos de vista de un jamón




Estoy todavía, aunque ya por poco tiempo, colgado en una de las barras de "Salchicherías Trifón".  Soy un jamón serrano de bellota. He nacido en Sierra Morena.  Criado en montanera en el valle de los Pedroches pude ozar, a placer, junto a mis hermanos cuantas bellotas pude apañar y de las que no llegaba nunca a cansarme. Mi vida feliz al aire libre, se acabó cuando tenía dieciocho meses y fui sacrificado, despedazado, puesto en salazón, aplastado... y corto para no cansar con mis problemas ya que todo el mundo tiene los suyos aunque hay que reconocer que éste de nacer para que otros se den el gusto de comer lo mejor, no es cuestión muy llevadera.


Me sirve, sin embargo,  de consuelo saber que este majarón* que está detrás de mí y al que le llaman Trifón sus clientes,   sí el de la panza extrovertida, en la que yo me tumbo mientras él hace de mí “tapitas” y que, además, presume que es mi dueño: acabará también alimentando gusanos...
 
 Ya que estoy aquí y cuento, además, con su atención, quisiera darles alguna explicación y también un consejito.

 
Se dice que, en mi carne, hay un 70% de ácidos grasos insaturados que no producen colesterol –al que no lo come- y de calorías: 170 por cada cien.  ¡Es mucho más sano ser vegetariano!  Desayunen repollo con patatas; coman lombarda con piñones y cebollas;  merienden cardos, nueces y almendras; cenen acelgas, tomates y berenjenas.


Bien sabe Dios que, a estas alturas, ya no lo hago por mí: sólo pienso en mis hermanos a los que Alá y su Profeta desprecian pero que, sin embargo,  no se los comen.  Y a los que, el Mundo cristiano -tan avaro y tan glotón- aprecia de tal manera, que ni siquiera los huesos desperdician en favor de los gusanos.

No lo duden, 

¡Es mucho más sano ser vegetariano!

Alcalá de Henares, 3 de febrero de 2017

Cuento escrito por Franziska durante un taller de creación literaria. Está sin fecha pero habrán pasado unos 9 o diez años, aproximadamente. Entonces yo usaba el seudonimo de Raitán para todo lo que escribía.








*Majara, o majareta, en grado superlativo.