sábado, 11 de marzo de 2017

EN LOS TIEMPOS DE INTERNET






Irene llegaba de un mundo en el que la palabra querida tenía un significado peyorativo; y otro importante: era una declaración de amor. Lo mismo sucedía cuando la gente se besaba y se abrazaba.    Por eso se vio sorprendida cuando comenzó a recibir correos en los que se leían palabras  como preciosa, amor, querida, maravillosa y otras semejantes. Como nada pasa sin dejar su huella, Irene se subió a unos zapatos de tacón con los que se bamboleaba peligrosamente.  Ella que nunca se había maquillado pues no le gustaba a su Juan, y ante el estupor de familiares y amigos, se aplicó rimel en las pestañas y sombra en los párpados para dar profundidad a sus ojos.  Carmín, en  los labios y un discreto colorete. Se tiñó el pelo con unas graciosas rayas de color dorado. Comprobó que aún resultaba una mujer moderna y atractiva.



¿Cuál había sido el detonante?  Pues tenía un nombre y se llamaba Ramón.  Le conoció en el grupo de teatro de aficionados de la tercera edad. Otra de las pasiones de Ramón, era la escultura.  También estaba viudo, según decía él.  Sin saber como, poco a poco, Irene se fue entusiasmando con Ramón. El trato con él fue impregnándola de un sentimiento de total plenitud, de ser aceptada, de sentirse compenetrada sin que pudiera saber por qué se había producido. Le parecía un hombre necesitado de afecto que presentaba un aspecto muchas veces desastrado y, no pocas veces, desaseado.  Su salud tampoco parecía óptima.  Un día cuando lo vio caminar ligeramente encorvado y casi cojeando, se sorprendió con un sentimiento de ternura hacia él y pensó que se había enamorado. 


El conflicto comenzó a partir de ese momento.  Pensó encargarle una de sus pequeñas esculturas, una idea realizada en hierro que representaba una niña tratando de alcanzar un pajarito. Significaba para ella un tesoro tener algo que él hubiera realizado con sus propias manos. Y aunque su pensión de viuda era muy escasa, no reparó en sacrificios hasta que reunió los 500 euros  que valía.  Desde que le encargó que la realizara hasta que, al fin, estuvo lista, fue un tiempo de maravillosas palabras, tonos de cariño, atenciones, y un sinfín de arrumacos.  Sin embargo, ella no albergaba ninguna duda de que entre los dos estaba fraguándose algo hermoso.


Irene se quedó apabullada al comprobar lo distante que se mostró Ramón el día que le pagó su escultura.  Cesaron los correos.  Dejó de acudir a los ensayos con la excusa de que tenía que ocuparse de una anciana tía. Finalmente desapareció sin dejar rastro.


Cuando pudo reflexionar, comprendió que habían sido sus deseos los que le habían tendido una trampa. Su error nació de la ignorancia.  Los usos sociales se habían modificado significativamente. Que el amor era un sentimiento cada vez más confundido con el sexo y que la sociedad, a cada paso, lo iba devaluando más.  Se refugió en la pintura y encontró en la ejecución de las acuarelas un mundo espectacular, lleno de belleza y emociones.  Estaba decidida a no volver a entregar su corazón a  ningún espejismo.  Durante un tiempo creyó que había recuperado su libertad y que era nuevamente feliz.  Sin embargo, en su rostro se vislumbra, cada vez con mayor claridad,  una marcada melancolía.






Alcalá de Henares, 11 de marzo de 2017
Texto e imágenes realizadas por Franziska para 
LA TORTUGA DE DOS CABEZAS
El cuento corresponde al 9 de marzo de 2012 y las fotografías son muy recientes.