martes, 21 de junio de 2011

El autor de estas palabras es Federico Mayor Zaragoza

El poder se ha basado en la imposición, en el dominio. La paz ha sido una pausa entre dos conflictos, haciéndose realidad el perverso adagio de “si quieres la paz, prepara la guerra”, instigado siempre por los fabricantes de armas.
En 1918, al término de la Primera Gran Guerra, el presidente Woodrow Wilson, aterrorizado por lo que había sucedido en una guerra de desgaste, de trincheras, de extenuación, llega a Brest desde Nueva York con el Convenio para la Paz Permanente, proclamando que, en lo sucesivo, los conflictos no deberían solucionarse a través de la barbarie que se acababa de vivir, y así creó una Sociedad de Naciones, que tomaría las medidas oportunas y arbitraría en los posibles conflictos, de tal modo que el recurso a las armas no fuera irremediable en lo sucesivo.

Ya sabemos lo que ocurrió: tanto los europeos como los norteamericanos reaccionaron vehementemente ante las propuestas del presidente norteamericano, diciendo que ello pondría en riesgo la seguridad de sus naciones. El presidente Wilson regresó a su país convencido de que el mundo discurriría de nuevo por los caminos de la confrontación violenta ya que bajo la presión de los colosales consorcios de la industria bélica los senderos de la paz aparecían impracticables.

La Carta de las Naciones Unidas es un documento audaz e imaginativo, que basa la seguridad en unas Naciones Unidas en las que son “los pueblos” quienes asumen la responsabilidad de garantizar, en adelante, la “construcción de la paz en la mente de los hombres”, como figura en la Constitución de la UNESCO, organización creada en 1945, unos meses después de la fundación de la ONU en San Francisco, a través de la educación, la ciencia, la cultura y la comunicación. El diseño de Roosevelt incluye los grandes pilares de la paz a escala planetaria: el trabajo (OIT), la salud (OMS), el desarrollo (PNUD), la infancia (UNICEF). Pero, además, para orientar el comportamiento a todos los niveles desde la decisión política a la vida cotidiana de todos los seres humanos, establece la referencia luminosa de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General el 10 de diciembre de 1948.

A través de una educación que debe formar a personas “libres y responsables”, para no dejarse manipular, para actuar en virtud de sus propias reflexiones y no al dictado de nadie, para ser realmente independientes y diversos hasta el límite de la unicidad, y alcanzar la emancipación personal y colectiva… sólo era necesario encontrar la palabra clave que, entonces como ahora, sigue siendo compartir, distribuir mejor los bienes materiales, repartir de manera adecuada responsabilidades y beneficios. Compartir a través del fomento del desarrollo que debe ser no sólo económico sino social y cultural, endógeno, sostenible y, sobre todo, humano.


Pero de nuevo se establece la carrera armamentística entre las dos superpotencias, Norteamérica y la URSS, y al socaire de una competición que exacerbaba hasta límites indescriptibles la producción del más sofisticado material de guerra se oculta la progresiva sustitución de las ayudas al desarrollo por préstamos concedidos en condiciones draconianas que benficiaban siempre más a los prestamistas que a los prestatarios; la cooperación se convierte, de forma generalizada, en explotación; el colonialismo financiero y tecnológico empobrece a los países en lugar de fomentar su progreso y capacidad para el uso de sus, con frecuencia, cuantiosos recursos naturales; de tal manera que se llega a la década de 1980 con el sentimiento de que el bienestar generalizado era imposible en un mundo fracturado entre dos grandes sistemas: capitalismo y comunismo.

Es entonces cuando Estados Unidos, acompañados indefectiblemente por el Reino Unido, deciden acaparar el poder y establecer una hegemonía integrada por los países más ricos de la Tierra, encabezados, desde luego, por Norteamérica. Entonces se produce lo que podríamos denominar el “gran antecedente” de la crisis actual: los valores democráticos, los principios éticos por los que tantos habían luchado, hasta dar su propia vida, la justicia social en primer lugar, se sustituyen por el mercado.

El G20 adopta el rescate urgente de las instituciones que, en buena medida, habían conducido a la grave situación que ahora debían enfrentarse. No había dinero para la lucha contra la pobreza y el hambre, o contra el sida, y de pronto aparecen inmensos caudales disponibles para recuperar en Estados Unidos y en Europa el quebranto banquero (720.000 millones de dólares en Estados Unidos y más de 400.000 millones en la Unión Europea). Eso sí, el G20 decide que ahora se establecerán rápidamentelas normas de regulación apropiadas y desaparecerán de inmediato los paraísos fiscales.


No se ha regulado nada. Los paraísos fiscales siguen colmados; los tráficos de toda índole amenazan, especialmente en el caso de las drogas, la seguridad en varios países del mundo; un desempleo rampante (en especial en los países que más pomposamente, como España, presumían de construir más edificios que el resto de toda la Unión Europea.

Las instituciones rescatadas vuelven a manifestar unos inmensos beneficios. Hace poco Exxon Mobil anunciaba que en el año 2010 había ganado más de treinta mil millones de dólares y las empresas del IBEX 35 no sólo mostraban cuantiosas ganancias sino que resultaba que el 80 por ciento de sus empresas tienen presencia directa en paraísos fiscales a través de sociedades participadas.



Alcalá de Henares, 21 de junio de 2011
Franziska

El texto publicado corresponde a ciertas anotaciones que iba haciendo, a medida que leía el capítulo correspondiente a Mayor Zaragoza. Este libro, cuyo título es "Reacciona",  editado por Aguilar, está formado por diez capítulos, cada uno de ellos firmados por diferentes personalidades. Creo que merece la pena reflexionar sobre los temas apuntados y, naturalmente, quedan otras muchas observaciones del mayor interés. Es mi intención continuar con los subrayados pero esto llevará mucho tiempo.



FEDERICO MAYOR ZARAGOZA
Nació en Barcelona en 1934, Doctor en Farmacia, ha sido catedrático de  Bioquímica y rector de la Universidad de Granada y catedrático también en la Universidad Autónoma de Madrid.  Cofundador, en 1974, del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa de la Universidad Autónoma de Madrid y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas,  Mayor Zaragoza desempeñó diversos cargos tanto de la política nacional como europea.  Director General de la UNESCO desde 1987 hasta 1999.  A su regreso a España crea la Fundación para una Cultura de Paz, de la que es presidente.  Preside el ERCEG (European Research Council Expert Group) para la “economía basada en el conocimiento, a propuesta de la UE.  Fue copresidente del Grupo de Alto Nivel para la Alianza de Civilizaciones de la ONU.