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jueves, 21 de octubre de 2021

UN VIENTO HURACANADO

 

 

 

 

I

 

El ático de la planta 30 del edificio tenía una terraza de pequeño tamaño en la que siempre parecía que el viento estaba transformándose en huracán.

II

A Candela ya no le preocupaba haber agotados sus recursos porque quedarse sin dinero formaba parte de su plan: nadie iba a heredarla. Estuvo atrapada algún tiempo en un amor que solo vivía en su imaginación, era evidente; él optó por aquella jovencita de cara inexpresiva y poco agraciada. No podía comprender por qué lo había hecho pero fue así. Ahora nada importaba. Seguir viva carecía de sentido.

III



Aquella mañana el cielo estaba muy cubierto. Se encontró en el espejo un rostro tan demacrado que le costó trabajo reconocerse. Decidió que había llegado el momento. Tambaleándose, arrastró la escalera hasta la terraza, sin fuerzas para sostenerla, estaba muy débil, tan flaca que era casi un esqueleto dentro de un pijama demasiado grande.

IV



Se precipitó al vacío porque resbaló. No fue un acto consciente sino un accidente. El viento del norte ululaba siempre en aquella dirección y en ese momento se adueño de ella,  la dirigió contra el primer edificio que encontró en su camino, se estrelló contra una ventana mal encajada, rompió los cristales y la metió dentro de una habitación que todavía mostraba una cama deshecha.

V

Quedó tendida sobre aquella cama y sangrando en tal cantidad que tardó pocos segundos en desfallecer. Cuando volvió a recuperar la consciencia estaba en un  hospital.

VI



Sentía tal confusión que a su cerebro no llegaban los recuerdos, no comprendía nada. Caer desde la planta 30 de un rascacielos tendría que haber acabado con su vida y los olores que percibía eran los propios de un lugar que había conocido durante tanto tiempo como su lugar de trabajo.

VII

 

El desaliento y la tristeza volvieron a ocupar su mente. Había fracasado otra vez. Sentía una mano sobre la suya y la respiración acompasada de un ser humano. Abrió los ojos y se encontró con los de un hombre mayor que la miraba con interés y casi sonreía cuando le dijo:

 -¿Cómo estás?

-Estoy aún viva por lo que entiendo…respondió sin ningún entusiasmo.

-¡Bendito sea Dios! Necesito que sigas viviendo.

 Estas palabras aumentaron su confusión.

- ¿Por qué? No sé quién es usted y ni siquiera sé cómo se llama.

-No quiero asustarte pero debes saberlo cuanto antes. Ni la policía ni el juez creen que entraste en mi casa por la ventana sino que consideran que es un intento de asesinato. Mi libertad y mi vida dependen de ti.




Vuelto a publicar hoy día 21 de octubre de 2021 en Alcalá de Henares, texto y fotografías realizadas por Franziska

 

 28 de diciembre de 2016. Microrrelato.


 

 

viernes, 1 de octubre de 2021

LAS ESTRATEGIAS DE SARITA II PARTE

 





La verdad es que el recorrido hasta mi casa era una carrera de obstáculos pues tenía que cambiarme de acera veinticinco veces y dar mil vueltas caminando por calles que antes jamás había pisado pero cuando llegué al portal me sentí  a salvo. Por fin, había pasado mi primer día sin comprar comida. Mis compañeros empezaron a extrañarse de no verme con paquetes y yo tuve que decirles que, al fin, había puesto en práctica una terapia que iba a ser eficaz. 



Un día, con el rostro desencajado, caminaba contando mis pasos pero no sé cómo fue, debí equivocarme y me encontré de pronto en la tienda de Antonio, el salchichero.  Se sorprendió al verme pero se puso muy contento: -¡Caramba, señorita!… ¿Le ha pasado algo? Llevo unos días sin verla. Dando un alarido dije: ¡No me ha pasado nada es que no quiero comer más salchichón, ni salchichas, ni jamón, ni queso, ni pepinillos en vinagre! ¿Te has enterado?  Cuando me veas, ni me saludes y si vuelvo a pisar tu tienda, te agradeceré que me eches a la calle y si no lo hago y quiero comprar, llamas a la policía y dices que tienes aquí a una loca de atar.  Y dicho esto y sin esperar respuesta salí dando un sonoro portazo y dejando al pobre salchichero confuso y llevándose las manos a la cabeza.

Cuando puse mis pies nuevamente en la calle, empecé a llorar desconsoladamente.  Estaba loca.  No tenía la menor duda.  Ante mis sollozos, los viandantes se alejaron de mí todo lo que pudieron y yo lo prefería porque no quería que nadie me preguntara qué me pasaba. Se me acercó un  agente de la policía municipal muy amable que me escuchó con atención y aunque de mis explicaciones en las que se mezclaban con mis sollozos, las galletas, los quesos caducados, con mis zancadas,   el croquis, la sicóloga, mis libros y  zapatos, mi jefe y compañeros y ¡hasta el gato de mi vecina!, no había manera de entender nada, me manifestó que se hacía cargo de todo, me rogó que me tranquilizara e incluso me dijo que, si yo quería, me podía acompañar a urgencias para que me viera algún médico a ver si me podía ayudar.

El policía era un muchacho atractivo y muy persuasivo y casi estaba a punto de decirle que sí y a darle las gracias por su sugerencia cuando sentí dentro de mí como una pantera rugiente y me abalancé sobre el primer mozalbete que pasó por nuestro lado comiéndose una rosca rellena  de crema y se la arrebaté diciendo:

¡¡¡¡-Trae acá, no tienes derecho a comer de ese modo mientras yo me muero de hambre!!!!

Excuso decir la que allí se armó.  Acabé  en el psiquiátrico, atada con una camisa de fuerza, y de este modo –a pesar de mi lucha por evitarlo- caí  en manos de un siquiatra al que no parecía afectarle que si no acudía a mi trabajo al día siguiente, me quedaría en el paro. 

Allí me tuvieron quince días y al despedirme me sorprendí a mi misma dándole las gracias al doctor Lendreras del Rosal.  ¡Llevaba todo ese tiempo sin comprar!  Al fin, lo comprendí: mi solución estaba allí y en aquel lugar debía permanecer hasta que me olvidara que existen sitios donde se vende comida.

Salí por la puerta sonriendo y feliz.  Ahora sólo me restaba idear un plan para que me volvieran a ingresar.  Está visto que hasta las cosas más difíciles se pueden arreglar.


 


Alcalá de Henares, 1 de octubre de 2021

Juego de la palabra dada

Palabra: “pulsión”  Dadora: Sonia

Cuento realizado por franziska en el año 2002 y publicado en el Juego de la palabra dada-segundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lunes, 23 de agosto de 2021

LAS ESTRATEGIAS DE SARITA

 



Puede parecer una tontería pero, realmente, era un asunto muy serio: se había convertido en una pulsión.  Cuanta más comida compraba, menos consumía y más alimentos se pudrían, pues era difícil acceder a todos los rincones del frigorífico.  No tenía sentido, además, mi economía no daba para grandes dispendios.  

Quiero ahorrar la prolija exposición de mis sesiones con la psicóloga y de las insinuaciones que me hacía la experta. 

 

¿De qué me servía saber que todo mi problema se había gestado en los años de mi infancia, en tiempos de extrema escasez?  Pero ¿qué tenía que ver mi vida actual con tiempos tan pretéritos?  Así, las cosas se fueron complicando más cada vez.   Comencé a acaparar en el aparador, en la despensa y hasta en los armarios de la ropa guardaba las cajas de las galletas y las latas de conservas que alcanzaban su fecha de caducidad sin haber sido usadas. 

 

La terapia no me daba ningún resultado y aunque me advirtieron que debía tener paciencia, mi sicoterapeuta acabó por decirme que, quizás, fuera conveniente que el siquiatra me recetara algún tranquilizante y que debía visitarle.

 

--Entonces ¿es que estoy loca?

 

-- Bueno, no es eso pero, a veces, hay que buscar una ayuda.

 

¡Vamos, pues sólo me faltaba eso!  No sólo se llevaba una buena parte de lo que yo ganaba trabajando sino que, además, incapaz de ayudarme, me desviaba a un siquiatra.  Pues hasta ahí podíamos llegar... ¡Qué no, ni hablar! Dispuesta a tomar cartas en el asunto, subí a mi despacho, preparé un plano señalando en rojo las zonas de peligro, es decir, los lugares donde se vendía comida. 

 

Ante esta perspectiva me sentí tan bien como casi no recordaba haberme encontrado en todos los días de mi vida.  Salía de casa mirando al frente, por la acera de la derecha y tenía que caminar unos diez metros aproximadamente, antes de realizar el primer cruce. Como me pareció que llevar la cinta métrica y medir distancias podría resultar chocante, decidí contar pasos, así es que con el croquis en la mano y contando mis zancadas iba mirando al suelo y, de pronto, me trasladaba bruscamente a la acera de enfrente. De este modo dejé a más de una persona conocida, boquiabierta, porque cuando iba a saludarme me veía cruzar sin reparar en ella.  Mis compañeros, el portero del edificio, los camareros  de las cafeterías y dueños de tiendas próximas que me conocían como una persona muy sociable, no salían de su asombro.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE,  CONTINUARÁ

 


Alcalá de Henares, 23 de agosto de 2021
Cuento e imágenes realizados por Franziska para 
EL JUEGO DE LA PALABRA DADA
PALABRA:  PULSIÓN
DADORA: SONIA

jueves, 5 de agosto de 2021

PAURCABAMBA

 



Aquel día la abuelita de Paurcabamba se sentía enferma y es por este motivo que no podía acudir al mercado semanal de Chordeleg, distante a dos millas de su aldea.  Sin embargo, era completamente imprescindible para el sustento de la familia la venta de la leche. El cántaro  estaba preparado, desde hacía una hora,  delante de la puerta del corralillo.

 

--Gacelilla, mi niña,  eres la mayor.  Tendrás que ir tú.  Conoces bien el camino.  Párate a descansar pero no pierdas de vista el cántaro.  Al acabar, vete a la botica y pide un remedio para Clodomiro que sabes que lleva varios días con la tripa suelta y de nada le vale comer mis sopas de arroz.  Guarda el dinero en la faltriquera y no se lo enseñes a nadie.  No hagas sola el camino de regreso.

 


La abuela decía que Bamba –como todos la llamaban para abreviar- tenía los ojos más azules que las turquesas de tanto mirar al cielo y podría ser verdad porque los pensamientos de la niña siempre volaban muy alto: tan alto como lejos de la realidad y por eso tenía fama de distraída.

 

Salió con su cantarito apoyado en la cabeza al modo en que lo transportaban las antiguas mujeres cañaris y, para que el camino no le resultara tan largo, en cuanto dejó atrás la última casa de la aldea, comenzó a cantar.  Su voz tan clara y armoniosa  cautivaba incluso al altivo cóndor que volaba haciendo círculos  para oírla y sorprendía por su belleza y sentimiento a cuantos la escuchaban.    El camino serpenteaba próximo al río Gualaceo cuyas aguas cantarinas parecían corear los estribillos de las antiguas melodías incaicas que Bamba entonaba.  Ella aseguraba que oía la voz del agua cuando cantaba.

 


Mamita, cuántas ganas tengo de verte –pensaba- al tiempo que ponía gran cuidado en no pisar las piedrecillas sueltas para no resbalar.

 

En la lejanía, divisó a alguien que avanzaba hacia ella.  Se paró para poder fijarse mejor.  Era extraño que alguien se dirigiera hacia el pueblo a aquellas horas pues ya estaría todo el mundo en el mercado.  De pronto, su corazón se aceleró con tal fuerza que le pareció que se le iba a escapar del pecho.  La reconocía en su forma de moverse.  Entonces Bamba loca de alegría, depositó con cuidado su cantarillo al amparo de un matojo de hierbas y le encomendó al Gualaceo que cuidara de él.  Salió corriendo con el deseo profundo de ser capaz de volar para llegar antes pero, ante su total desconcierto, su madre había desaparecido.  ¿Dónde podría estar?  Aquel lugar era completamente llano y sin arbolado.  No obstante, siguió corriendo desesperada llamándola a gritos:

 

--¡Madre, madre, no te vayas!  ¡Vuelve…

 

Nadie respondía.  Retrocedió en busca de su cántaro.  No podía entender qué había pasado y se sentía tan triste que su frágil cuerpecillo se convulsionó por los sollozos.

 


¡Mamita de mi alma!  Vuelve, quiero verte aunque sólo sea de lejos.  Y estaba sumida en su mayor angustia cuando se le ocurrió mirar al cielo y pensó que ella había volado hasta allí porque no era posible que estuviera en otra parte.  Deseó conocer el lenguaje de los pájaros que, sin duda, sabrían hacía  dónde se habría dirigido.  Entonces cantó poniendo toda la fuerza de su voz, como un grito intenso y desgarrado, brotaron de sus labios las siguientes estrofas:

 

Cóndor, pájaro altivo,

que tan alto habitas

que tienes tu nido

cerca del Dios indio.

Tú que ves las cumbres más altas:

sabrás dónde ha ido.

Llévale mi oración,

pídele que vuelva.

 

Acompañaba esta queja

el viento con un silbo agudo

y la voz del agua, cantaba a dúo. 

 


Continuaba su caminar pues el afán de llegar con tiempo al mercado, le  hacía olvidar el cansancio y ponía alas en sus graciosos pies.

 

Pronto empezó a divisar las torres de la iglesia de Chordeleg y enseguida llegó hasta sus oídos el sonido de la flauta andina; el rumor de las gentes que platicaban y ofrecían su mercancía; de la chiquillería que gritaba; el mugido de los animales.  También empezó a percibir  el fragante aroma de las especias.  El olor de las frutas  en sazón. Toda esa algarabía que le era tan familiar. Por fin llegaba a la plaza mayor del pueblo donde los orfebres trabajaban elaborando sus filigranas de oro y plata a la vista de las gentes que acudían al mercado.  Mientras saludaba a todos los vecinos, éstos le preguntaban por su abuela hasta que llegó a la explanada donde se situaba siempre para ofrecer sus vasos de leche de cabra.  Terminó su jornada y había conseguido vender toda la leche.  Se sentía contenta: en su faltriquera había suficientes  moneditas de plata y cobre para que se oyese su gracioso tintineo. 

 


Sintió hambre y compró una torta de anisillos que comió con buen apetito.  La señora Guadalupe, le regaló una guayaba madura que tomó como postre.  Después, se dirigió a la botica y allí cumplió el encargo de su abuela.  La boticaria no le cobró las medicinas.

 

Como hacía siempre, desde que su madre se embarcó rumbo a Guayaquil para tomar el avión que la conduciría a España, se pasó por la oficina de correos a preguntar si tenía alguna carta.

 

--Hay una para tu abuela pero, además, también hay un giro telegráfico que tendrá que venir ella a recoger.

 


Había llegado la primera carta de su madre.  Bamba la apretaba contra su corazón.  Era como tenerla un poquito.  Ella había pasado sus manos por aquellas líneas que Bamba no entendía pero que sabía contenían las palabras de su madre.

 

El retorno a casa se hizo corto y festivo.  El camino en compañía de las gentes de su aldea estaba lleno de cantos alegres y de risas compartidas.  Bamba  enseñaba a las vecinas el sobre  y todos querían saber qué diría.  Su abuela era la única que sabía leer en la aldea.  Por este motivo, la acompañaron para que les leyese la carta.

 

Cuando la abuela vio llegar a Bamba seguida por sus vecinos, se asustó.  ¡Dios mío! ¿Qué habrá pasado?  Pero pronto se tranquilizó viendo que Bamba la llamaba a voces con un semblante en el que se reflejaba la gran alegría que sentía en ese momento.

 


La abuela salió a recibir a sus paisanos.  A todos saludó con afecto.  Abrazó a su nieta y tomando la carta que Bamba le entregó, rasgó el sobre con emoción y empezó a deletrear:

 

En Soria a 1 de Diciembre de 2006.   

 

“Querida madre, queridos hijos, confío en que Dios no haya permitido que ninguno de vosotros esté enfermo, antes bien espero  que tengáis una perfecta salud.  Estoy trabajando mucho pero me siento muy contenta porque ya he pagado los gastos de mi viaje. Hasta hoy no he podido mandar ningún dinero pero, a partir de ahora, os haré un envío todos los meses.  Por aquí hace mucho frío sin embargo, dentro de las casas se está muy bien y no se nota el mal tiempo.  En todas las viviendas hay máquinas que lavan la ropa y un gran armario para guardar la comida que se llama frigorífico.  Además, hay luz eléctrica y agua como ocurre en Guayaquil aunque este es un pueblo de muy pocos habitantes que se llama Rebollo de Duero donde sólo viven ya personas de mucha edad.  Tres días por semana, trabajo en Soria que es muy lindo.

 

La señora de la casa donde trabajo, me ha regalado un décimo de lotería para Navidad: es el número 20297 que Dios quiera nos saque de la pobreza.  Madre si me tocara, daría todo el dinero que fuera necesario para que los niños de nuestro pueblo pudieran tener una escuela.

 


Dime cómo se porta Bamba.  Espero que te obedezca y te ayude en todo lo que pueda.  Es mi mayor ilusión que se eduque.  Es una pena que se desperdicie el talento que tiene para el canto, dedicando su vida al cuidado de los animales como única posibilidad de ganarse el pan. 

 

Les voy a mandar una radio para que puedan enterarse de las noticias.  Funciona con pilas…

 

Y seguía extendiéndose con mil detalles y recuerdos para sus vecinos; y para sus hijos, todo se volvían recomendaciones.

Alcalá de Henares, 5 de agosto de 2021



Texto del cuento e imágenes realizadas por Franziska. Opté por insertar imágenes un tanto surrealistas porque nunca recurro a las posibilidades que ofrece Internet.   Este cuento nació de una noticia: una trabajadora ecuatoriana había recibido, en un pueblo de Soria, el regalo de un décimo de la lotería de Navidad y que resultó ser el premio "gordo". 

 




 

    

 

 

 

martes, 27 de julio de 2021

EL GRITO (Microrrelato)

 



Un solo grito pero tan prolongado como un aullido. Tan terrible y doloroso que erizó mi piel al tiempo que un escalofrío sacudió mi espalda. Una ventana con los cristales rotos mostraba una habitación en la que no había nadie. Por la calle, un hombre paseaba tranquilamente bajo la lluvia. No llevaba paraguas. Tampoco pareció alarmarse por el grito. Estará muy sordo pensé. Cerré tranquilamente mi ventana y me sumergí en la música, a todo volumen, que  utilizaba para huir de mi soledad.

 

A la hora de la cena, descubrí la verdad. Se había producido un asesinato en la casa de enfrente, precisamente en el piso de los cristales rotos.  Un vecino había visto como el hombre tranquilo había disparado sobre una mujer, guardado luego su arma, con la mayor parsimonia, y después continuó su camino como si nada de lo que acababa de suceder guardara relación con él.

 


Escrito en Alcalá de Henares, 27 de octubre de 2013

Publicado  por Franziska con fecha 27/07/2021, también en esta ciudad Patrimonio de la Humanidad.

 

Franziska

martes, 13 de julio de 2021

Marianela y la pierna ortopédica


El tercer aviso

 


Marianela se había levantado aquella mañana mucho más temprano que de costumbre.  Quería llegar pronto al centro de la ciudad para realizar algunas compras.  Iba a casarse dentro de pocos días y estaba muy agitada por las responsabilidades a las que, en breve, tendría que enfrentarse.

 

Se apeó del autobús en la Plaza de Jacinto Benavente y enfiló calle abajo por la de Carretas.  Una característica de esta calle es la de las numerosas tiendas dedicadas a la venta de ortopedia.  Mirando de soslayo, podía ver las fajas para hernias,  bragueros, suspensorios, cuñas, piernas, brazos y manos, ortopédicos. 

 


Se sentía horrorizada ante estas imágenes que eran como una llamada de atención a que, en cualquier momento, podría producirse una mutilación de cualquier parte del cuerpo.  Vinieron a su mente las pelucas y los ojos de cristal y cada vez avanzaba con mayor aturdimiento hacia un gran almacén próximo a la Puerta del Sol.  Abstraída como iba, tropezó al subir el bordillo de una acera y se hizo daño en el pie derecho.  Aguantó como pudo y trató de continuar su camino pensando en el bonito traje que quería adquirir para su viaje de novios.

 


Las sensaciones negativas se fueron desvaneciendo y empezó a fijar su atención en los escaparates de moda femenina que ahora le salían al paso con  profusión de imágenes,  diseños y colores.  Por fin llegó a la planta cuarta.  Estuvo casi cuarenta y cinco minutos mirando en todos los colgadores y consiguió seleccionar un par de trajes que le gustaron.

 Buscó los probadores, allí, una empleada dedicada al control,  le asignó el número 13.   Marianela, sintió que aquella compra tenía ya, de entrada, un mal agüero, no obstante, se dirigió al lugar indicado.

 


Abrió la puerta, soltó su bolso y colgó los trajes y empezó a desnudarse.  De pronto, como una pesadilla, sus ojos contemplaron con asombro, que en el espejo se reflejaba una pierna ortopédica. Giró la cabeza, allí estaba a su izquierda: erecta, apoyada sobre la pared, con sus correas y su oquedad escalofriante.

  Durante unos instantes, se sintió muy asustada.  ¡Santo Dios!  ¿Qué significaba aquello?  ¿Quién puede abandonar su pierna, por olvido, en  un probador?  Aquella situación no encajaba.  Todo parecía tan absurdo…

 


Por alguna causa que no comprendía, pensó que la pierna, de  manera extraña, parecía mirarla, amenazarla y querer advertirla de un serio peligro.  Aquel artilugio estaba allí por algún motivo y éste no podía ser otro que un vaticinio: si se casaba perdería su pierna derecha: eran ya dos avisos; primero, el tropezón y, por último este encuentro… Desechó con energía estas ideas, no obstante,   se vistió atropelladamente y devolvió las prendas que pretendía comprar sin haberlas probado. 

Salió apresuradamente en busca de las escaleras mecánicas.  Se sentía angustiada y confundida.  La bufanda, desnivelada sobre sus hombros,  se escurría peligrosamente hasta que, cuando estaba llegando al final del tramo, se deslizó sobre aquéllas y se enganchó con sus tacones, con tal mala suerte que Marianela, se dio de bruces contra el pavimento.  Cuando la ayudaron a levantarse del suelo, tenía la rodilla de la pierna derecha muy hinchada y sentía un fortísimo dolor.  Era el tercer aviso.

 

 


Alcalá de Henares, 13 de julio de 2021

Texto e imágenes realizados por Franziska 

 

 

sábado, 3 de julio de 2021

UN DIA EN EL RASTRO DE MADRID

 



Las vio aproximarse. Una de ellas muy llamativa. Guapa. Con el rostro muy pintado. Vestía y caminaba de un modo provocativo. La segunda era todo lo contrario: muy flaca y con amplias espaldas. No prestándole atención, podías confundirla con un hombre. 

Se acercaban al puesto muy despacio. El vendedor halagado porque se sentía mirado, avanzó todo su cuerpo hacia ella y le dirigió una sonrisa. Ella dejó oír su tono más mimoso: 

-Estoy buscando algo bonito para un regalo ¿podría ayudarme? 

-Claro, tengo muchas cosas.  Mira ese reloj ¿te gusta? 

-Sí, a mí sí pero…no sé…tendrás alguna otra cosa…porque relojes ya tiene. Seguía mirándole a los ojos, y al agacharse para tocar los objetos, dejaba al descubierto una buena parte de su atrayente escote.  El vendedor empezó a sentirse atrapado: quería complacerla pero no podía dejar de mirarla.  Entretanto, la flaca ya se había guardado algunos de los objetos que estaban más a mano. El vendedor dijo: voy a ver si te gusta esto que tengo aquí y volvió la espalda para coger una caja. En un abrir y cerrar de ojos, la compinche, había llenado un bolso y abandonó el puesto a toda prisa.  El vendedor mostró un hermoso abanico de nácar con incrustaciones de oro.  ¿Qué te parece? 

-¡Oh, es precioso!  ¿Qué vale? No sé si tendré suficiente…Paga lo que tú quieras, guapa. Del precio hablamos luego…Te espero a las tres. No me faltes, preciosa.

 Él la siguió con la vista hasta que la vio desaparecer entre la marea de gente que bajaba. El vendedor, todavía en estado de obnubilación, pues era un hombre ya mayor y poco atractivo, reparó en que le habían desparecido cinco objetos. Cuando pudo entenderlo se puso rojo de rabia. Agarró un gancho de hierro y salió en busca de las ladronas.  Pero ya era demasiado tarde.

Alcalá de Henares, 3 de julio de 2021

Escrito por Franziska como un ejercicio de taller literario, en el mes de enero del año 2013.  La fotografía, también realizada por Franziska,  es una muy reciente superposición de imagen.