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lunes, 23 de agosto de 2021

LAS ESTRATEGIAS DE SARITA

 



Puede parecer una tontería pero, realmente, era un asunto muy serio: se había convertido en una pulsión.  Cuanta más comida compraba, menos consumía y más alimentos se pudrían, pues era difícil acceder a todos los rincones del frigorífico.  No tenía sentido, además, mi economía no daba para grandes dispendios.  

Quiero ahorrar la prolija exposición de mis sesiones con la psicóloga y de las insinuaciones que me hacía la experta. 

 

¿De qué me servía saber que todo mi problema se había gestado en los años de mi infancia, en tiempos de extrema escasez?  Pero ¿qué tenía que ver mi vida actual con tiempos tan pretéritos?  Así, las cosas se fueron complicando más cada vez.   Comencé a acaparar en el aparador, en la despensa y hasta en los armarios de la ropa guardaba las cajas de las galletas y las latas de conservas que alcanzaban su fecha de caducidad sin haber sido usadas. 

 

La terapia no me daba ningún resultado y aunque me advirtieron que debía tener paciencia, mi sicoterapeuta acabó por decirme que, quizás, fuera conveniente que el siquiatra me recetara algún tranquilizante y que debía visitarle.

 

--Entonces ¿es que estoy loca?

 

-- Bueno, no es eso pero, a veces, hay que buscar una ayuda.

 

¡Vamos, pues sólo me faltaba eso!  No sólo se llevaba una buena parte de lo que yo ganaba trabajando sino que, además, incapaz de ayudarme, me desviaba a un siquiatra.  Pues hasta ahí podíamos llegar... ¡Qué no, ni hablar! Dispuesta a tomar cartas en el asunto, subí a mi despacho, preparé un plano señalando en rojo las zonas de peligro, es decir, los lugares donde se vendía comida. 

 

Ante esta perspectiva me sentí tan bien como casi no recordaba haberme encontrado en todos los días de mi vida.  Salía de casa mirando al frente, por la acera de la derecha y tenía que caminar unos diez metros aproximadamente, antes de realizar el primer cruce. Como me pareció que llevar la cinta métrica y medir distancias podría resultar chocante, decidí contar pasos, así es que con el croquis en la mano y contando mis zancadas iba mirando al suelo y, de pronto, me trasladaba bruscamente a la acera de enfrente. De este modo dejé a más de una persona conocida, boquiabierta, porque cuando iba a saludarme me veía cruzar sin reparar en ella.  Mis compañeros, el portero del edificio, los camareros  de las cafeterías y dueños de tiendas próximas que me conocían como una persona muy sociable, no salían de su asombro.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE,  CONTINUARÁ

 


Alcalá de Henares, 23 de agosto de 2021
Cuento e imágenes realizados por Franziska para 
EL JUEGO DE LA PALABRA DADA
PALABRA:  PULSIÓN
DADORA: SONIA

jueves, 5 de agosto de 2021

PAURCABAMBA

 



Aquel día la abuelita de Paurcabamba se sentía enferma y es por este motivo que no podía acudir al mercado semanal de Chordeleg, distante a dos millas de su aldea.  Sin embargo, era completamente imprescindible para el sustento de la familia la venta de la leche. El cántaro  estaba preparado, desde hacía una hora,  delante de la puerta del corralillo.

 

--Gacelilla, mi niña,  eres la mayor.  Tendrás que ir tú.  Conoces bien el camino.  Párate a descansar pero no pierdas de vista el cántaro.  Al acabar, vete a la botica y pide un remedio para Clodomiro que sabes que lleva varios días con la tripa suelta y de nada le vale comer mis sopas de arroz.  Guarda el dinero en la faltriquera y no se lo enseñes a nadie.  No hagas sola el camino de regreso.

 


La abuela decía que Bamba –como todos la llamaban para abreviar- tenía los ojos más azules que las turquesas de tanto mirar al cielo y podría ser verdad porque los pensamientos de la niña siempre volaban muy alto: tan alto como lejos de la realidad y por eso tenía fama de distraída.

 

Salió con su cantarito apoyado en la cabeza al modo en que lo transportaban las antiguas mujeres cañaris y, para que el camino no le resultara tan largo, en cuanto dejó atrás la última casa de la aldea, comenzó a cantar.  Su voz tan clara y armoniosa  cautivaba incluso al altivo cóndor que volaba haciendo círculos  para oírla y sorprendía por su belleza y sentimiento a cuantos la escuchaban.    El camino serpenteaba próximo al río Gualaceo cuyas aguas cantarinas parecían corear los estribillos de las antiguas melodías incaicas que Bamba entonaba.  Ella aseguraba que oía la voz del agua cuando cantaba.

 


Mamita, cuántas ganas tengo de verte –pensaba- al tiempo que ponía gran cuidado en no pisar las piedrecillas sueltas para no resbalar.

 

En la lejanía, divisó a alguien que avanzaba hacia ella.  Se paró para poder fijarse mejor.  Era extraño que alguien se dirigiera hacia el pueblo a aquellas horas pues ya estaría todo el mundo en el mercado.  De pronto, su corazón se aceleró con tal fuerza que le pareció que se le iba a escapar del pecho.  La reconocía en su forma de moverse.  Entonces Bamba loca de alegría, depositó con cuidado su cantarillo al amparo de un matojo de hierbas y le encomendó al Gualaceo que cuidara de él.  Salió corriendo con el deseo profundo de ser capaz de volar para llegar antes pero, ante su total desconcierto, su madre había desaparecido.  ¿Dónde podría estar?  Aquel lugar era completamente llano y sin arbolado.  No obstante, siguió corriendo desesperada llamándola a gritos:

 

--¡Madre, madre, no te vayas!  ¡Vuelve…

 

Nadie respondía.  Retrocedió en busca de su cántaro.  No podía entender qué había pasado y se sentía tan triste que su frágil cuerpecillo se convulsionó por los sollozos.

 


¡Mamita de mi alma!  Vuelve, quiero verte aunque sólo sea de lejos.  Y estaba sumida en su mayor angustia cuando se le ocurrió mirar al cielo y pensó que ella había volado hasta allí porque no era posible que estuviera en otra parte.  Deseó conocer el lenguaje de los pájaros que, sin duda, sabrían hacía  dónde se habría dirigido.  Entonces cantó poniendo toda la fuerza de su voz, como un grito intenso y desgarrado, brotaron de sus labios las siguientes estrofas:

 

Cóndor, pájaro altivo,

que tan alto habitas

que tienes tu nido

cerca del Dios indio.

Tú que ves las cumbres más altas:

sabrás dónde ha ido.

Llévale mi oración,

pídele que vuelva.

 

Acompañaba esta queja

el viento con un silbo agudo

y la voz del agua, cantaba a dúo. 

 


Continuaba su caminar pues el afán de llegar con tiempo al mercado, le  hacía olvidar el cansancio y ponía alas en sus graciosos pies.

 

Pronto empezó a divisar las torres de la iglesia de Chordeleg y enseguida llegó hasta sus oídos el sonido de la flauta andina; el rumor de las gentes que platicaban y ofrecían su mercancía; de la chiquillería que gritaba; el mugido de los animales.  También empezó a percibir  el fragante aroma de las especias.  El olor de las frutas  en sazón. Toda esa algarabía que le era tan familiar. Por fin llegaba a la plaza mayor del pueblo donde los orfebres trabajaban elaborando sus filigranas de oro y plata a la vista de las gentes que acudían al mercado.  Mientras saludaba a todos los vecinos, éstos le preguntaban por su abuela hasta que llegó a la explanada donde se situaba siempre para ofrecer sus vasos de leche de cabra.  Terminó su jornada y había conseguido vender toda la leche.  Se sentía contenta: en su faltriquera había suficientes  moneditas de plata y cobre para que se oyese su gracioso tintineo. 

 


Sintió hambre y compró una torta de anisillos que comió con buen apetito.  La señora Guadalupe, le regaló una guayaba madura que tomó como postre.  Después, se dirigió a la botica y allí cumplió el encargo de su abuela.  La boticaria no le cobró las medicinas.

 

Como hacía siempre, desde que su madre se embarcó rumbo a Guayaquil para tomar el avión que la conduciría a España, se pasó por la oficina de correos a preguntar si tenía alguna carta.

 

--Hay una para tu abuela pero, además, también hay un giro telegráfico que tendrá que venir ella a recoger.

 


Había llegado la primera carta de su madre.  Bamba la apretaba contra su corazón.  Era como tenerla un poquito.  Ella había pasado sus manos por aquellas líneas que Bamba no entendía pero que sabía contenían las palabras de su madre.

 

El retorno a casa se hizo corto y festivo.  El camino en compañía de las gentes de su aldea estaba lleno de cantos alegres y de risas compartidas.  Bamba  enseñaba a las vecinas el sobre  y todos querían saber qué diría.  Su abuela era la única que sabía leer en la aldea.  Por este motivo, la acompañaron para que les leyese la carta.

 

Cuando la abuela vio llegar a Bamba seguida por sus vecinos, se asustó.  ¡Dios mío! ¿Qué habrá pasado?  Pero pronto se tranquilizó viendo que Bamba la llamaba a voces con un semblante en el que se reflejaba la gran alegría que sentía en ese momento.

 


La abuela salió a recibir a sus paisanos.  A todos saludó con afecto.  Abrazó a su nieta y tomando la carta que Bamba le entregó, rasgó el sobre con emoción y empezó a deletrear:

 

En Soria a 1 de Diciembre de 2006.   

 

“Querida madre, queridos hijos, confío en que Dios no haya permitido que ninguno de vosotros esté enfermo, antes bien espero  que tengáis una perfecta salud.  Estoy trabajando mucho pero me siento muy contenta porque ya he pagado los gastos de mi viaje. Hasta hoy no he podido mandar ningún dinero pero, a partir de ahora, os haré un envío todos los meses.  Por aquí hace mucho frío sin embargo, dentro de las casas se está muy bien y no se nota el mal tiempo.  En todas las viviendas hay máquinas que lavan la ropa y un gran armario para guardar la comida que se llama frigorífico.  Además, hay luz eléctrica y agua como ocurre en Guayaquil aunque este es un pueblo de muy pocos habitantes que se llama Rebollo de Duero donde sólo viven ya personas de mucha edad.  Tres días por semana, trabajo en Soria que es muy lindo.

 

La señora de la casa donde trabajo, me ha regalado un décimo de lotería para Navidad: es el número 20297 que Dios quiera nos saque de la pobreza.  Madre si me tocara, daría todo el dinero que fuera necesario para que los niños de nuestro pueblo pudieran tener una escuela.

 


Dime cómo se porta Bamba.  Espero que te obedezca y te ayude en todo lo que pueda.  Es mi mayor ilusión que se eduque.  Es una pena que se desperdicie el talento que tiene para el canto, dedicando su vida al cuidado de los animales como única posibilidad de ganarse el pan. 

 

Les voy a mandar una radio para que puedan enterarse de las noticias.  Funciona con pilas…

 

Y seguía extendiéndose con mil detalles y recuerdos para sus vecinos; y para sus hijos, todo se volvían recomendaciones.

Alcalá de Henares, 5 de agosto de 2021



Texto del cuento e imágenes realizadas por Franziska. Opté por insertar imágenes un tanto surrealistas porque nunca recurro a las posibilidades que ofrece Internet.   Este cuento nació de una noticia: una trabajadora ecuatoriana había recibido, en un pueblo de Soria, el regalo de un décimo de la lotería de Navidad y que resultó ser el premio "gordo". 

 




 

    

 

 

 

martes, 27 de julio de 2021

EL GRITO (Microrrelato)

 



Un solo grito pero tan prolongado como un aullido. Tan terrible y doloroso que erizó mi piel al tiempo que un escalofrío sacudió mi espalda. Una ventana con los cristales rotos mostraba una habitación en la que no había nadie. Por la calle, un hombre paseaba tranquilamente bajo la lluvia. No llevaba paraguas. Tampoco pareció alarmarse por el grito. Estará muy sordo pensé. Cerré tranquilamente mi ventana y me sumergí en la música, a todo volumen, que  utilizaba para huir de mi soledad.

 

A la hora de la cena, descubrí la verdad. Se había producido un asesinato en la casa de enfrente, precisamente en el piso de los cristales rotos.  Un vecino había visto como el hombre tranquilo había disparado sobre una mujer, guardado luego su arma, con la mayor parsimonia, y después continuó su camino como si nada de lo que acababa de suceder guardara relación con él.

 


Escrito en Alcalá de Henares, 27 de octubre de 2013

Publicado  por Franziska con fecha 27/07/2021, también en esta ciudad Patrimonio de la Humanidad.

 

Franziska

martes, 13 de julio de 2021

Marianela y la pierna ortopédica


El tercer aviso

 


Marianela se había levantado aquella mañana mucho más temprano que de costumbre.  Quería llegar pronto al centro de la ciudad para realizar algunas compras.  Iba a casarse dentro de pocos días y estaba muy agitada por las responsabilidades a las que, en breve, tendría que enfrentarse.

 

Se apeó del autobús en la Plaza de Jacinto Benavente y enfiló calle abajo por la de Carretas.  Una característica de esta calle es la de las numerosas tiendas dedicadas a la venta de ortopedia.  Mirando de soslayo, podía ver las fajas para hernias,  bragueros, suspensorios, cuñas, piernas, brazos y manos, ortopédicos. 

 


Se sentía horrorizada ante estas imágenes que eran como una llamada de atención a que, en cualquier momento, podría producirse una mutilación de cualquier parte del cuerpo.  Vinieron a su mente las pelucas y los ojos de cristal y cada vez avanzaba con mayor aturdimiento hacia un gran almacén próximo a la Puerta del Sol.  Abstraída como iba, tropezó al subir el bordillo de una acera y se hizo daño en el pie derecho.  Aguantó como pudo y trató de continuar su camino pensando en el bonito traje que quería adquirir para su viaje de novios.

 


Las sensaciones negativas se fueron desvaneciendo y empezó a fijar su atención en los escaparates de moda femenina que ahora le salían al paso con  profusión de imágenes,  diseños y colores.  Por fin llegó a la planta cuarta.  Estuvo casi cuarenta y cinco minutos mirando en todos los colgadores y consiguió seleccionar un par de trajes que le gustaron.

 Buscó los probadores, allí, una empleada dedicada al control,  le asignó el número 13.   Marianela, sintió que aquella compra tenía ya, de entrada, un mal agüero, no obstante, se dirigió al lugar indicado.

 


Abrió la puerta, soltó su bolso y colgó los trajes y empezó a desnudarse.  De pronto, como una pesadilla, sus ojos contemplaron con asombro, que en el espejo se reflejaba una pierna ortopédica. Giró la cabeza, allí estaba a su izquierda: erecta, apoyada sobre la pared, con sus correas y su oquedad escalofriante.

  Durante unos instantes, se sintió muy asustada.  ¡Santo Dios!  ¿Qué significaba aquello?  ¿Quién puede abandonar su pierna, por olvido, en  un probador?  Aquella situación no encajaba.  Todo parecía tan absurdo…

 


Por alguna causa que no comprendía, pensó que la pierna, de  manera extraña, parecía mirarla, amenazarla y querer advertirla de un serio peligro.  Aquel artilugio estaba allí por algún motivo y éste no podía ser otro que un vaticinio: si se casaba perdería su pierna derecha: eran ya dos avisos; primero, el tropezón y, por último este encuentro… Desechó con energía estas ideas, no obstante,   se vistió atropelladamente y devolvió las prendas que pretendía comprar sin haberlas probado. 

Salió apresuradamente en busca de las escaleras mecánicas.  Se sentía angustiada y confundida.  La bufanda, desnivelada sobre sus hombros,  se escurría peligrosamente hasta que, cuando estaba llegando al final del tramo, se deslizó sobre aquéllas y se enganchó con sus tacones, con tal mala suerte que Marianela, se dio de bruces contra el pavimento.  Cuando la ayudaron a levantarse del suelo, tenía la rodilla de la pierna derecha muy hinchada y sentía un fortísimo dolor.  Era el tercer aviso.

 

 


Alcalá de Henares, 13 de julio de 2021

Texto e imágenes realizados por Franziska 

 

 

sábado, 3 de julio de 2021

UN DIA EN EL RASTRO DE MADRID

 



Las vio aproximarse. Una de ellas muy llamativa. Guapa. Con el rostro muy pintado. Vestía y caminaba de un modo provocativo. La segunda era todo lo contrario: muy flaca y con amplias espaldas. No prestándole atención, podías confundirla con un hombre. 

Se acercaban al puesto muy despacio. El vendedor halagado porque se sentía mirado, avanzó todo su cuerpo hacia ella y le dirigió una sonrisa. Ella dejó oír su tono más mimoso: 

-Estoy buscando algo bonito para un regalo ¿podría ayudarme? 

-Claro, tengo muchas cosas.  Mira ese reloj ¿te gusta? 

-Sí, a mí sí pero…no sé…tendrás alguna otra cosa…porque relojes ya tiene. Seguía mirándole a los ojos, y al agacharse para tocar los objetos, dejaba al descubierto una buena parte de su atrayente escote.  El vendedor empezó a sentirse atrapado: quería complacerla pero no podía dejar de mirarla.  Entretanto, la flaca ya se había guardado algunos de los objetos que estaban más a mano. El vendedor dijo: voy a ver si te gusta esto que tengo aquí y volvió la espalda para coger una caja. En un abrir y cerrar de ojos, la compinche, había llenado un bolso y abandonó el puesto a toda prisa.  El vendedor mostró un hermoso abanico de nácar con incrustaciones de oro.  ¿Qué te parece? 

-¡Oh, es precioso!  ¿Qué vale? No sé si tendré suficiente…Paga lo que tú quieras, guapa. Del precio hablamos luego…Te espero a las tres. No me faltes, preciosa.

 Él la siguió con la vista hasta que la vio desaparecer entre la marea de gente que bajaba. El vendedor, todavía en estado de obnubilación, pues era un hombre ya mayor y poco atractivo, reparó en que le habían desparecido cinco objetos. Cuando pudo entenderlo se puso rojo de rabia. Agarró un gancho de hierro y salió en busca de las ladronas.  Pero ya era demasiado tarde.

Alcalá de Henares, 3 de julio de 2021

Escrito por Franziska como un ejercicio de taller literario, en el mes de enero del año 2013.  La fotografía, también realizada por Franziska,  es una muy reciente superposición de imagen. 

 

domingo, 20 de junio de 2021

La carta de Sara

 



 

Sara se levantó desperezándose lentamente como era en ella habitual.  Aún medio dormida, se dirigió a la cocina a prepararse una taza de café y al entrar en ella la encontró excesivamente desordenada.

 ¡Dios mío!  ¡Cómo está esta cocina! Dijo, casi en un susurro, hablando consigo misma.

Había caído sobre ella una cruz de soledad y silencio que, a duras penas, soportaba ya con entereza y dignidad. No podía recordar cuándo había empezado a hablar a solas, como si alguien pudiera escucharla. 

Se tomó el café.  Recogió la cocina con la misma atención y esmero que si estuviera esperando una visita importante.  Cuando acabó se sintió complacida y echó una ojeada escrutadora a todos los enseres de la cocina y se dijo que, en cuanto dispusiese del dinero de la venta de las cabras iba a emplearlo en modernizarla. 



Sara era hija única, apenas si le quedaba algún pariente lejano y sus padres hacía años que habían perecido en un accidente de carretera.  Acababa de cumplir cuarenta y dos años y no es que se sintiera como si fuera una anciana pero aquellos años floridos habían quedado atrás, además, la dureza de la vida en el campo no contribuía a prolongar la juventud. 



Su soledad era un hecho y su vida en la ciudad o en el campo no habría modificado este hecho.  Pero ¿Cuánto tiempo podría soportar esta situación sin volverse loca?  A veces, se sentía preocupada por la costumbre, cada vez más reiterada, de hablar entre dientes. Echó una ojeada al reloj de la cocina y pensó que aún le quedaba una hora para sacar del redil a las ovejas y cabras y sin pensarlo demasiado escribió estos versos:



Querido Juan

Comprendo que te asustaras

de una vida tan pura,

tan simple,

tan alejada de la vida ciudadana.

Entiendo que no hablaras

cuando temblando en tus ojos

vi asomar una lágrima.

 

Esbozando una sonrisa

dijiste que no importaba,

que reharías tu vida,

que no me dejabas nada

que te llevabas las manos

tan limpias y tan vacías

como siempre las tenías.

 

Que esperabas comprensión

para tu actitud y sentimientos

que habías sido sincero

y que nunca prometiste

permanecer en el pueblo.

 

Te has marchado

y tu presencia

no se ha ido de mi lado.

Me levanto recordando

las canciones que entonabas

y preparo el desayuno

como a ti te gustaba.

 

Luego me voy a la huerta

a quitar las malas hierbas

y cuido de los almendros

que tú plantaste

delante del portalón.

 

Las cabras llevo hasta el monte.

Cuando vence la tarde,

silenciosa las ordeño:

su dueño echan de menos.

Esto es, claro, lo que pienso.

El queso lo hago los jueves

- como tú me enseñaste –

La fórmula es magistral,

el sabor, insuperable.

 

Aquel ramo de espliego

que encontraste en el trigal,

aún perfuma la habitación

que no compartes conmigo

mas cuando abro la puerta,

creo sentir tu presencia

y hay veces que hasta te llamo.

 

Mi mente

es claro que comprende

y acepta razonamientos

pero mi pobre cuerpo

nada sabe de razones

siente ausencias,

pasa miedo,

nota vacíos, silencios

y se muere, poco a poco,

de desamor y de celos.

 


Estos versos sin firmar ni terminar quedaron  dentro de un sobre en el que se podía leer la dirección de Juan pero cuando la encontró Trinidad, la Alcaldesa de Lora de los Peñascales, se había tornado amarilla por el paso del tiempo. 

 

Trinidad, de su puño y letra, envió la siguiente nota:

 

Siento comunicarle que hace días murió Sara –creemos que a consecuencia de un infarto-  He visto este sobre dirigido a usted.  Estamos indagando y no hemos dado todavía con ningún familiar que pueda hacerse cargo de la herencia: la casa, tierras y animales y he pensado que, quizás, usted podría ayudarnos a dar con algún pariente pues urge que alguien se ocupe del rebaño. 

 Le agradeceríamos tanto su ayuda, atentamente.

                                                           Trinidad Sagrario Ramos

 


Reeditado con fecha, 20 de junio de 2021 el cuento escrito por Franziska en Alcalá de Henares el día… D hace más de DIEZ AÑOS.                                                 

 


 

miércoles, 9 de junio de 2021

LA BIOPSIA

 


 

 Tengo que empezar diciendo que, después de leer el informe,  toda mi fortaleza moral se vino abajo. Sin embargo, pasados unos días, opté por no rebelarme contra mi destino. Acababa de cumplir cincuenta y ocho años. Estaba separado y no tenía pareja estable y a mi ex mujer ni siquiera me atreví a llamarla porque cualquier relación con ella terminaba siempre de la manera más agria.
 
Emprendí una vida de restaurantes de lujo que nunca me había podido permitir y para ir a cualquier parte, me trasladaba en un taxi. Pasé unos días en París y estuve una semana en Roma. Así, poco a poco, me fui gastando la mayor parte del dinero que el banco me había anticipado a cuenta del valor de mi vivienda.
 
A principios de año había comenzado a sufrir dolores abdominales: cada vez más fuertes y de mayor duración. En pocos días, el color de mi piel se tornó amarillento: lo que ponía en evidencia que estaba sufriendo una ictericia. Los dolores, sin embargo, no solo no pasaban sino que se iban haciendo cada vez más intensos. Me fue diagnosticada la presencia de una masa tumoral de cerca de 7 centímetros en el páncreas. Este tipo de cáncer es uno de los más devastadores y, como me dijeron los médicos, es actualmente incurable.
 
Llegué a contratar mi entierro y a dejar pagados mis funerales. A pesar de que mi tono vital era muy bajo y me sentía muy fatigado, volví al hospital cuando ya habían transcurrido los seis meses y, ante mi extrañeza, yo seguía vivo.  ¡El tumor había desaparecido!  No me he sentido más desconcertado en todos los días de mi vida. Creí que me estaba volviendo loco. No, no podía ser.
 
-Pero, vamos a ver, doctor. Aquí se me entregó un informe que decía que mis expectativas de vida eran de unos seis meses, como máximo.
 
-Sí, eso es cierto porque, en ese momento, todo encajaba. Las pruebas lo confirmaron. Sin embargo, si algunas semanas más tarde se le hubiese practicado una biopsia, se habría descubierto que, en realidad, era una pancreatitis aguda. Cuando usted ingresó en nuestro hospital, arrastraba un número importante de pancreatitis recidivantes y lo extraño fue que, en tales circunstancias, no hubiera fallecido entonces.
 
-No es posible. ¡¡¡Tengo que morirme!!!  ¿Lo entiende?  ¡Haga lo que quiera pero mándeme al otro barrio!  Esto era peor que el diagnóstico y todo por ahorrar una biopsia.
 

NOTA:  Cuento escrito con fecha 20 de abril de 2013, y que vuelvo a publicar. 

Alcalá de Henares, 9 de junio de 2021
FRANZISKA  para "LA TORTUGA DE DOS CABEZAS"