Debido a su aparente capacidad para “renacer de la tierra”, las cigarras representan la resurrección y la inmortalidad en diversas culturas. En el taoísmo son el símbolo del tsien, el alma que abandona el cuerpo después de la muerte.
En Grecia tenían a la cigarra como mascota. Fueron célebres ya en la Antigüedad que las convirtió en el símbolo de la música. Platón –era para mi desconocida su afición a las fábulas- explicaba que las cigarras fueron hombres cuya devoción por la música era tan grande que se consumieron y lo único que quedó de ellos fue su música. No sé a dónde va a ir a parar la fama de Platón a partir de este cuento. Me he limitado a recogerla y, por lo tanto, no me responsabilizo de tal afirmación.
Lo que se cuenta de Aristóteles que le gustaban fritas, es mucho más creíble. Todavía hoy, los hombres en Asia, África y Australia, las consumen. Supongo que también las mujeres las comerán aunque tendrán que cocinarlas al gusto de todos, por ejemplo “al dente”, “a la carbonara 14”, etc. Los nativos americanos, es decir, los indios, las fríen y se las comen como si fueran palomitas de maíz. Resultan sorprendentemente carnosas y tienen un sabor que recuerda al de los espárragos.
Entre las cigarras australianas figuran algunas especies con nombres tan curiosos como: verdulero, panadero harinoso, batería doble, nariz de cereza o vejiga.

Hay una especie, la Magiciada Septemdecim, ampliamente dispersa en el este de los Estados Unidos que experimenta una vida subterránea, preimago, cuya duración va de los 13 a los 17 años, que sabe contar –aunque todavía nadie ha logrado descubrir cómo lo hacen- . Lo que es verdad es que hacen coincidir sus ciclos vitales con números primos altos el 13 o el 17. Tienen por seguro que incubarán trillones de huevos en una sola noche, pero en momentos imprevisibles; en sentido literal, inundan a sus depredadores. Éstos los engullen hasta que ya no pueden más, pero sin que la población de cigarras sufra daños. Existen treinta nidadas distintas cada una de las cuales se incuba en diferentes momentos. Los ciclos de 13 y 17 años sólo coinciden una vez cada 221 años. De estas tretas debía haber tomado buena nota la Cía y otros de la misma especie.

Durante su largo encierro subterráneo, las larvas utilizan sus deposiciones para impermeabilizar las celdas que las protejan de las inundaciones. Aún así, se calcula que mueren un 98% de las larvas antes de que sientan la necesidad de incubar. Las que sobreviven, dejan la fase de larva y se aparean frenéticamente. Tras el apareamiento, las hembras se posan en la rama de un árbol y practican pequeñas incisiones oblicuas, en sentido vertical, inyectando los huevos en los orificios; pasadas seis semanas, se produce el nacimiento de las minúsculas larvas que, al abrirse, caen al suelo. Sus patas delanteras, provistas de fémures gruesos y dentados, constituyen unos buenos órganos excavadores que las larvas emplean para hundirse inmediatamente en la tierra.
Entretanto, los adultos, en su mayoría, mueren en cuestión de quince días después de los apareamientos, aportando así una enorme inyección de nitrógeno al suelo del bosque. Estas cigarras aún no han descubierto los valores de la castidad.
Larvas, ninfas y adultos se nutren exclusivamente de la savia de los vegetales. Las larvas, tras varias y numerosas mudas, tendrán los esbozos de las alas y las larvas se convertirán en linfas; entonces, éstas se dirigirán a la superficie y emergerán a la luz. Fijas sobre un tronco permanecerán inmóviles hasta que el ser adulto, rompiendo la envoltura, salga a la vida.
Todos sabemos que las cigarras son los insectos más ruidosos pero, quizá no lo sepamos todos, que sólo cantan los machos y, por lo general, en los días más cálidos del verano. Algunas especies alcanzan los 120 decibelios. Se las oye a casi dos kilómetros de distancia. ¡Como a los roqueros!
Las cigarras, normalmente, cantan en grupos numerosos y la principal función de este canto es el reclamo nupcial. Algunas especies practican la “canción protesta” si se sienten molestadas. Cada especie posee su propio conjunto de llamadas que las hembras saben identificar.
Para realizar este canto -a cualquier cosa llamamos cantar-, los machos están provistos de un aparato estridulante que recubre dos membranas ovales. La estructura de este aparato es muy compleja pues comprende un par de placas llamadas “timbales” y una gran cavidad anexa que funciona como caja de resonancia. Las contracciones de los músculos hacen vibrar los timbales produciendo con ellos el característico chirrido.
Datos recogidos en “El mundo de los animales”
Y “El pequeño gran mundo de la ignorancia (animal)
Las imágenes de Internet
Alcalá de Henares, 4 de agosto de 2009
Franziska