martes, 4 de febrero de 2014

El tren de la libertad



Dos asociaciones feministas de Asturias toman la decisión de presentar en el registro del Congreso de los Diputados, un escrito que dirigen al Presidente del Gobierno y al de la Cámara, a la ministra de sanidad y al señor Gallardón.  En este escrito se defiende el derecho a ser tratadas como personas responsables, con derecho a decidir y se pide que se pare el proceso que dará lugar a la nueva ley. A este grupo de mujeres se fueron uniendo de diferentes comunidades y países.  De este modo el "tren" se convirtió en una marea morada que ya no va a ser posible frenar.

Es curioso el argumento de la defensa de la vida, aún no nacida, frente a la indiferencia que sienten ante un 30% de niños españoles que están sufriendo pobreza y exclusión social. Este es un dato estremecedor. Tampoco parece que se preocupen porque el 57% de los niños españoles esté en riesgo de caer en la exclusión social por el empobrecimiento de sus padres.
Soy una ciudadana que tiene la sospecha de que me están intentando vender gato por liebre.  Soy lo suficientemente mayor y, por lo tanto, vengo de una época en que las mujeres éramos consideradas "las madres de la patria", cuantos más hijos, mejor para la nación española.  Claro, me tocó vivir en una época fascista.

Ante estas evidencias, me ha sido fácil llegar a la conclusión de que aquí nadie se preocupa por la vida ni por el bienestar de los niños y porque supongo que el plan es otro:  cuantos más necesitados, más fácil es conseguir mano de obra esclava.  Esos cerebros privilegiados no han encontrado otro modo mejor para competir, en los precios, con los baratísimos productos chinos. Sospecho que por ahí, por ahí podrían ir los tiros ¿No es verdad, señor Gallardón? Usted es seguro que lo sabe y su Partido -no digo sus partidarios porque siempre se cuenta con la inocencia de la gente- y el Gobierno del PP que es el encargado de ejecutar los planes pertinentes.

Si quieren que los ciudadanos les respeten, sean ustedes ecuánimes y respetables.  Traten a los demás como desean ser tratados.  Recuerden y lean a Confucio: creo que lo necesitan con urgencia.

El siguiente enlace conduce a un vídeo subido por mí, a través de You Tube, en el que se recoge el testimonio de las personas indignadas que acudieron a la manifestación del día 1 de febrero en Madrid. El enlace es el siguiente:  http://www.youtube.com/watch?v=oSewqPwmcyk

  
   
Alcalá de Henares, 4 de febrero de 2014
Vídeo, texto e imágenes realizados por Franziska

sábado, 21 de diciembre de 2013

Risoterapia



 Creo que, la mayoría de los españoles, nos encontramos ante una situación que nos enfrenta a momentos  dramáticos, desempleos, desahucios, desesperación: la tremenda incertidumbre de no ver claro qué es lo que va a pasar.  Ante tal hecho nos empezamos a sentir desmoralizados porque es demasiado dura la situación del país.  Bien, de entrada, hay que hacerle frente. ¿Cómo? Creo que la Risoterapia puede ser una parte del remedio, algo que nos puede ayudar a enfocar las cosas con la energía que parece estarnos faltando.  Son veinte los efectos positivos que refuerzan estas afirmaciones.  Y voy a exponerlos a continuación.

  1. Tiene efecto analgésico pues favorece la producción de endorfinas en el cerebro.
  1. Elimina el insomnio, gracias a la fatiga que genera.
  1. Cada carcajada pone en marcha cerca de 400 músculos, incluidos algunos del estómago que solo se ejercitan con la risa.
  1. Favorece la eliminación de la bilis.
  1. El diafragma origina un masaje interno que facilita la digestión.
  1. Mejora la circulación.
  1. Se eliminan las toxinas.
  1. Elimina el estrés.
  1. Se limpian los ojos con las lágrimas.
  1. La risa, al hacer vibrar la cabeza, despeja la nariz.
  1. Rejuvenece el rostro al estirar y estimular los músculos de la cara.
  1. Al hacer vibrar la cabeza, las carcajadas despejan, también,  los oídos.
  1. Fortalece el corazón.
  1. Mejora la capacidad respiratoria: entra el doble de aire en los pulmones (12 litros en lugar de los 6 habituales).
  1. La piel se oxigena más gracias a la cantidad doble de aire que entra en los pulmones.
  1. Se masajean y estiran la columna vertebral y las cervicales.
  1. Se evita el estreñimiento.
  1. Baja la hipertensión ya que se relajan los músculos lisos de las arterias.
  1. Refuerza el sistema inmunológico.  Aumenta el número de linfocitos y ciertas inmunoglobulinas.
  1. Es un arma eficaz contra la depresión.
Creo, pues, que ha llegado el momento de reirse y de hacerlo con ganas. Expuestos los beneficios, vamos a hablar de la práctica.


Técnica de risa fonadora
Tirado en el suelo practica los 5 tipos de risa:
- Coloca tu mano en el abdomen.
- Inspira todo el aire que te sea posible.
- Espira mientras dices jajajajajajajajaja. (todo el tiempo que se pueda sostener)
- Repite tres veces.
- Has lo mismo con jejejeje, luego con jijijiji, con jojojojo y finalmente tres veces con jujujuju.
Cada una de estas risas favorecerá una parte de tu cuerpo.
- La risa con ja beneficia tu sistema digestivo y genital.
- La risa con je favorece la función hepática y de la vesícula biliar.
- La risa con ji estimula la tiroides y la circulación.
- La risa con jo actúa sobre el sistema nervioso central y el riego cerebral.
- La risa con ju tiene efectos sobre la función respiratoria y la capacidad pulmonar.

Ríamosnos, pues, estaremos más contentos y mejorará nuestro estado de ánimo y nuestra salud. De este modo, podremos resistir mejor, esta agobiante situación. Con mis mejores deseos

Alcalá de Henares, 21 de diciembre de 2013
No es un trabajo de creación original, es una información recogida en Internet
Franziska  



martes, 19 de noviembre de 2013

El enlace





En mi pueblo los días transcurrían con la monotonía propia de un lugar pequeño. Situado en las estribaciones de una montaña solo eran evidentes los días de niebla y los de sol, el calor y el frío. Que ni siquiera eran tema habitual de conversación entre los vecinos porque allí el clima se medía por: parece que vamos a tener buen año para la cosecha de alubias o no se va a dar bien la escanda.
 
Estaba anocheciendo y me fui con un cestillo a buscar arándanos. Los había encontrado antes y con más facilidad de lo que esperaba. De pronto, todos mis sentidos se alertaron pues llegaba hasta mis oídos un roce de pisadas cautelosas que provenía de un lugar muy cercano a mí y sin embargo, no veía a nadie. Me asusté ante la idea de que se pudiera tratar de algún animal salvaje que fuera a atacarme. El miedo me paralizó e intenté descubrir el sitio exacto en el iba a surgir lo que producía aquel leve sonido. Acababa de cumplir doce años y aunque me había advertido mi madre que nunca rebasara los límites del viejo molino cuando no fuera acompañada por personas mayores, aquel día había olvidado su advertencia entusiasmada con lo bien que se me estaba dando la recolección, y por una ladera, me había introducido monte arriba.

Apareció de pronto, estaba a escasos metros, descalzo, tenía una larga melena y una espesa barba negrísima que casi le llegaba a la cintura. Dijo con voz extraña y ronca que no me asustara. Es cierto que ver su rostro me tranquilizó, sin embargo, todavía era incapaz de articular la menor palabra.  Soy Tomás el del molinón. Tú no me conoces pero yo soy compañero de tu padre. Llevo horas esperando que aparecieras.  Él tiene fiebre y necesitamos limones y las yerbas que conoce tu abuela para curarle. No te asustes, sanará.  Díselo a tu madre pero no se lo cuentes a nadie más. Me quedaré por aquí cerca, esperando.

Así fue como descubrí el secreto mejor guardado por mi madre que nunca había querido contarme que mi padre se había echado al monte para salvar su vida.  A partir de aquel momento, quedó atrás mi vida de niña.  Siempre sola y con mi bicicleta en la que portaba un cestillo, me convertí en un enlace del que nadie llegó a sospechar. Mi padre contrajo una enfermedad que acabó con su vida. Lo enterramos en una cima: lo más cerca del cielo que nos fue posible. Sobre una peña cercana, pintamos una cruz. Aquel era el lugar donde podíamos ir a estar con él.  Según supe años más tarde, sus cuatro compañeros, a través de pasos de montaña, consiguieron llegar a Francia.

Alcalá de Henares, 19 de Noviembre 2013
Texto e imágenes realizadas por Franziska

domingo, 10 de noviembre de 2013

La prisionera








Escapar, salir de donde estaba prisionera era el único pensamiento que tenía tanto al  quedarme dormida como al despertar para, invariablemente, comprobar que seguía tras aquellos gruesos barrotes. Había conseguido aflojar uno, el que estaba más próximo a la pared, y  lo cubría con mi cuerpo durante el día. Aparentaba dormir cuando abrían la rejilla para dejarme la comida pero era solo una táctica, a la espera de un descuido de mi guardián.  Me convencí de que la noche era el momento más propicio para mi huida y por fin llegó la ocasión. Pude arrancar el barrote y salir. Escapé por la chimenea de la ventilación y mi sorpresa fue enorme cuando comprobé que no había alcanzado el exterior sino que estaba en otro lugar sin jaulas. Me dispuse a buscar la salida y los encontré allí, me llenó de terror la idea de que se pondrían a dar sus espeluznantes gritos y volverían a encerrarme. No tuve opción: su vida o la mía: tuve que estrangularlos. Conseguí escapar  y llegué al tejado. Libre, al fin. No fue complicado  alcanzar un territorio entre los árboles aunque aquel no era igual que el lugar en el que había nacido.  Recuperé la noche, la presencia de la luna y el brillo de las lejanas estrellas. Me apresté a cazar de nuevo, toda la vida corría nuevamente por mi cuerpo. Yo soy una pitón Seba,  lo tengo a gala. No he nacido para vivir en una jaula.


Alcalá de Henares, 10 de Noviembre de 2013
Texto e imagen realizados por Franziska
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Este relato nace de una noticia:  DOS HERMANOS DE  CINCO Y SIETE AÑOS HAN MUERTO ESTRANGULADOS POR UNA SERPIENTE PITON



martes, 29 de octubre de 2013

Abandonada



                                        

En aquella tarde de finales del verano me dirigí al parque más próximo a mi casa. Allí me encontré una niña que sentada en el suelo se entretenía jugando con arena húmeda.  Me extrañó su soledad y la circunstancia de que ambas éramos, las únicas personas que estaban en el parque.  La niña permanecía tranquila y, al parecer, ajena a cuanto la rodeaba. Cuando quise hablarle parecía que no oía pues tampoco respondía y ni siquiera me miraba. Me quedé en un banco próximo más de una hora.  Al fin dejó de toquetear la tierra y me miró con insistencia. ¿Quieres agua? Y en un primer gesto, alargó sus manos. Sus candorosos ojos, de un gris acerado, me miraron por primera vez.  -No tengo vaso. ¿Sabes beber por la botella?  Entonces se levantó del suelo y me tendió una manita. Ah, ¿quieres pasear? Movió la cabeza. No parecía echar de menos a nadie. La niña tenía un aspecto cuidado y limpio. A medida que avanzaba con ella de la mano, se fue apoderando de mí una ternura inmensa, un amor nunca sentido, un deseo de protección, de cuidarla. Me sentí como si fuera su madre. Sin duda fue porque, a esas alturas de mi vida, mi corazón ya no soportaba más la situación de soledad en la que vivía. Aunque fuera muda  ¿Qué importancia tenía? Mejor, así no podría hablar y para justificar su presencia, ya me inventaría alguna historia. Al fin iba a tener un motivo por el que luchar.  No la merecían quienes así la trataban…

Insistentemente se oyó, durante días y días, en todas las cadenas de radio y televisión la noticia de  la desaparición de una niña que era sordomuda y a la que, según sus padres, el hermano mayor había perdido de vista unos instantes para recoger un balón. La opción del secuestro estaba servida. Si hasta esos momentos había albergado alguna duda, a partir de allí comprendí que era imposible mi marcha atrás. Los acontecimientos de aquel día marcaron mi vida para siempre. La larga cadena de errores, ocultaciones y mentiras solo acababa de empezar.  

 Para evitar preguntas, la primera decisión fue trasladarnos a otra ciudad pero siempre viví con el miedo a ser descubierta.  Por tener a aquella criatura, por ser su madre, cometí los mayores errores de mi vida y temí, durante años,  terminar en una cárcel. Siempre fui prisionera de mis actos.  Hoy tendré que enfrentarme a la verdad: mi hija acaba de descubrir que también su nombre es falso.


Alcalá de Henares, 3 de octubre de 2013
Texto e imágenes realizados por
Franziska

lunes, 14 de octubre de 2013

El seductor





Todos la vieron llegar acompañada de su chofer y de un número considerable de maletas. Era imposible no advertir que lucía, con ostentación, pulseras, anillos, collares y pendientes. El chofer esperó pacientemente a que la señora acabara de establecer sus condiciones de alojamiento y cuando ella terminó, le despidió con un aire risueño y dijo: -Alberto, descanse que mañana tendremos un día movido. Llámeme, a las ocho. Espero que la casita del pueblo le resulte confortable. ¡Hasta mañana! Se dirigió al ascensor con aire resuelto. Si quería no pasar desapercibida, lo había conseguido.

Sentado en el fondo del hall leyendo distraídamente un periódico de la comarca, estaba Sebastián Gándara cuya atractiva presencia –era un hombre muy guapo- no había pasado desapercibida a la curiosa observación de Marta: se cruzaron sus miradas y él pensó que resultaba muy atractiva; y ella, que aquel tipo parecía interesante. Sebastián creyó que había llegado el momento de vestirse para la cena.  Desde la habitación consultó si, con discreción, se podría sentar cerca de la guapa cliente. Una ocasión como esa no se podía desperdiciar y era fundamental  no perder el tiempo. 

Marta, tenía un cuerpo escultural. Sus movimientos eran elásticos y acompasados, en sus ojos brillaba una luz de extraordinaria inteligencia. Cuando bajó a cenar, vestía un traje gris oscuro, entallado, con un escote en forma de uve.  Su vestido, casi hasta los tobillos, mostraba al avanzar una abertura lateral que dejaba al descubierto sus magníficas y bien torneadas pantorrillas.  Sebastián la observaba con interés y pensó que no le iba a ser fácil abordarla. Estaba tan cerca de su mesa que se dedicó, de un modo rutinario, a dirigirle miradas incendiarias para demostrarle que le gustaba.  Ella parecía ignorarle hasta que, llegado un momento, mostró una sonrisa encantadora, al tiempo que le miraba directamente a los ojos, cuando respondía al móvil que enseguida procedió a apagar. El consideró que había recibido la primera señal de aprobación. Salió y la estuvo esperando y, con una excusa banal, la abordó. 

--Perdone, creo que nos hemos visto en alguna parte. No puedo olvidar a una mujer tan bella e interesante.  Permítame que me presente, mi nombre es Sebastián Gándara, de una antigua y bien conocida familia cántabra de Suances. Ella, sonriendo, aseguró que le recordaba a alguien que había cenado muy cerca de su mesa. Entablaron una conversación cordial y terminaron sentándose en el jardín.  Estuvieron charlando más de una hora. Las cosas habían empezado a encarrilarse con más facilidad de lo que él pensaba.  Ella, le dijo que estaba viuda desde hacía dos años y que sentía una gran tristeza por la pérdida de su esposo un industrial guipuzcoano. Tampoco tenía hijos y, siendo hija única, sus padres hacía tiempo que habían fallecido, no tenía familia. Desayunaron juntos. El chofer tuvo su primer día libre. Tres días de galanteos, besos y caricias llevaron la situación a un límite difícil de contener. Él temía lanzarse y estropearlo todo y ella se preguntaba por qué él no tomaba una decisión. Marta  le llamó y le dijo que le estaba echando de menos y que si quería acompañarla a dar un paseo por alguna de las rutas de senderismo, que pasara a recogerla.  Él aceptó con entusiasmo y en pocos minutos estaba llamando a la puerta de su habitación. Pasa, enseguida acabo en el cuarto de baño. Toma lo que quieras. Él echó una ojeada por la habitación que estaba bastante desordenada y comprobó como el armario estaba abierto, de par en par,  y también la caja fuerte. Su reacción fue inmediata. Con el mayor sigilo retiró un saquito negro de cuero que contenía las joyas de Marta y escribió en un papel: “He olvidado algo, enseguida estaré aquí, amor mío”.

Salió sin cerrar la puerta y llevando en las manos el saquito.  Se dirigió a toda prisa al lugar donde tenía el coche y acomodó su botín en la maleta de menor tamaño. Sus ojos brillaban con una intensa complacencia. ¡Qué fácil se lo había puesto! Ni siquiera había tenido que narcotizarla pero ahora no podía perder ni un segundo. Cuando iba a introducirse en el coche, se vio rodeado por un grupo de cuatro policías que, en un instante, le habían dado el alto y esposado. Con asombro, reconoció al chofer de Marta.

Marta dejó escrito en su informe del día. Por fin lo atrapamos hoy. Su rostro posee más de quince documentos de identidad falsos y su autentica especialidad ha sido siempre la de desaparecer sin dejar rastros.

Alcalá de Henares, 14 de octubre de 2013
Imagen y texto realizados por Franziska

domingo, 29 de septiembre de 2013

El tercer aviso





Marianela se había levantado aquella mañana mucho más temprano que de costumbre.  Quería llegar pronto al centro de la ciudad para realizar algunas compras.  Iba a casarse dentro de pocos días y estaba muy agitada por las responsabilidades a las que, en breve, tendría que enfrentarse.

Se apeó del autobús en la Plaza de Jacinto Benavente y enfiló calle abajo por la de Carretas.  Una característica de esta calle es la de las numerosas tiendas dedicadas a la venta de ortopedia.  Mirando de soslayo, podía ver las fajas para hernias,  bragueros, suspensorios, cuñas, piernas, brazos y manos, ortopédicos. 

Se sentía horrorizada ante estas imágenes que eran como una llamada de atención a que, en cualquier momento, podría producirse una mutilación de cualquier parte del cuerpo.  Vinieron a su mente las pelucas y los ojos de cristal y cada vez avanzaba con mayor aturdimiento hacia un gran almacén próximo a la Puerta del Sol.  Abstraída como iba, tropezó al subir el bordillo de una acera y se hizo daño en el pie derecho.  Aguantó como pudo y trató de continuar su camino pensando en el bonito traje que quería adquirir para su viaje de novios.

Las sensaciones negativas se fueron desvaneciendo y empezó a fijar su atención en los escaparates de moda femenina que ahora le salían al paso con  profusión de imágenes,  diseños y colores.  Por fin llegó a la planta cuarta.  Estuvo casi cuarenta y cinco minutos mirando en todos los colgadores y consiguió seleccionar un par de trajes que le gustaron.

Buscó los probadores, allí, una empleada dedicada al control  le asignó el número 13.   Marianela sintió que aquella compra tenía ya, de entrada, un mal agüero, no obstante, se dirigió al lugar indicado.

Abrió la puerta, soltó su bolso y colgó los trajes y empezó a desnudarse.  De pronto, como una pesadilla, sus ojos contemplaron con asombro, que en el espejo se reflejaba una pierna ortopédica. Giró la cabeza,  estaba a su izquierda: erecta, apoyada sobre la pared, con sus correas y su oquedad escalofriante.

 Durante unos instantes, se sintió muy asustada.  ¡Santo Dios!  ¿Qué significaba aquello?  ¿Quién puede abandonar su pierna, por olvido, en  un probador?  Aquella situación no encajaba.  Todo parecía tan absurdo…

Por alguna causa que no comprendía, pensó que la pierna, de  manera extraña, parecía mirarla, amenazarla y querer advertirla de un serio peligro.  Aquel artilugio estaba allí por algún motivo y éste no podía ser otro que un vaticinio: si se casaba perdería su pierna derecha: eran ya dos avisos; primero, el tropezón y, por último este encuentro… Desechó con energía estas ideas, no obstante,   se vistió atropelladamente y devolvió las prendas que pretendía comprar sin haberlas probado.

Salió apresuradamente en busca de las escaleras mecánicas.  Se sentía angustiada y confundida.  La bufanda, desnivelada sobre sus hombros,  se escurría peligrosamente hasta que, cuando estaba llegando al final del tramo, se deslizó sobre aquéllas y se enganchó con sus tacones, con tal mala suerte que Marianela, se dio de bruces contra el pavimento.  Cuando la ayudaron a levantarse del suelo, tenía la rodilla de la pierna derecha muy hinchada y sentía un fortísimo dolor.  Era el tercer aviso. Pensó.



Explicación lógica: 
Cliente de pueblo próximo a Madrid: 40 o 50 kilómetros, aproximadamente, que olvida, en un probador, la pierna de su marido que ha llevado, previamente, a arreglar y que no recuerda bien dónde ha podido extraviarla.

Conclusión:
El cerebro colabora entusiasmado en la realización de aquello que pensamos.  Es nuestro servidor más entusiasta.


Alcalá de Henares, 29 de septiembre de 2013
Texto e imágenes realizados por Franziska